Amanda

Silvina Brizuela

El proceso de reclutamiento de ECOGREEN S.L. había sido un orgullo para la ciudad, y para el conjunto de empresas que habían comprometido su trabajo a la recuperación del suelo y el aire en la región. Desde los anales de la era, el mayor desafío que habían enfrentado los empresarios no se limitaba a encontrar el personal suficientemente calificado sino además, y por sobre todo, evitar la filtración constante de alienígenas en puestos claves de tomas de decisiones. 

A pesar de las variadas y exhaustivas pruebas que se realizaban a los candidatos, con el fin de detectar aquellos con sangre verde o ADN diferente al terrestre, algunos lograban burlar los controles y accedían al conglomerado con el fin de boicotear las acciones proambientales. El desastre que causaban era mayor que el estado deplorable en que se encontraba la Tierra. Los nuevos habitantes del planeta buscaban el colapso, el caos total de la naturaleza original y, con ella, terminar con la humanidad. Por eso ECOGREEN se volvió tan importante cuando logró reducir aquella filtración de personal alienígena. 

El día que Amanda se sumó a las filas de la empresa, se celebraba justo el solsticio de primavera. El cielo encapotado de nubes contaminadas, naves alienígenas y basura aeroespacial resultante de la última estocada de “la resistencia”, impedían ver el sol y apenas una tímida resolana alumbraba los edificios y las calles de la ciudad. Aún así, Amanda sonreía. Su personalidad alegre y risueña desconcertaba a los transeúntes que pasaban a su lado en el trayecto a su nueva oficina. Caminaba lentamente, enfundada en un mono de neoprene azul, botas hasta la rodilla, un cardigan de tela con protección radioactiva y una máscara de oxígeno que parecía dos talles mayor a la apropiada para su cara fina y angulosa. En su mano derecha cargaba una maleta con algunos artículos necesarios para trabajar y, entre ellos, una pequeña planta en una maceta de plástico, cinco centímetros de un tallo verde y grueso, con apenas dos hojas verdes y carnosas en forma de corazón. 

Amanda conocía muy bien su profesión, durante años se había preparado para esta oportunidad de demostrar lo mucho que había aprendido en la materia, limpieza de suelos, abono y reforestación. Estaba feliz. Aquel primer día transcurrió rapidísimo conociendo a sus colegas e instalándose en su oficina, un pequeño reducto de cuatro metros cuadrados, con paredes de vidrio, un perchero, un escritorio sobre el cual dispuso su computadora y la mínima planta, y una silla ergonómica gris de cuero desgastado. Al atardecer, antes de partir de regreso a su casa, regó la pequeña planta con un gotero que guardaba en su mono y se retiró. 

A la mañana siguiente la ciudad despertó con un revuelo inusitado y desconcertante. Los medios de comunicación no lograban identificar el origen del nuevo caos y, a pesar de los esfuerzos, ningún periodista había podido llegar hasta la zona desde donde emergían cientos de ramas gigantes y hojas gruesas en forma de corazón que amenazaban con colapsar la ciudad. Las ramas se extendían alargadas perforando a su paso todo lo que encontraban: muros, techos, autos, asfalto. Desde el aire los drones mostraban un entretejido de ramas verdes monumental que no paraba de crecer formando capas, unas sobre otras, cubriéndolo todo. Como al mediodía, cesaron los ruidos, las explosiones, las sirenas y el crujir de vidrios y chapas. El silencio avasallante solo se rompía con los estallidos que producían las nuevas ramas al nacer y emerger de la piel de la planta. 

El enramado gigantesco no paraba de crecer, pronto llegó a las localidades aledañas y la región quedó tapizada de verde, luego el país entero y, al cabo de algunos meses, el planeta completo. 

Para cuando se cumplía el siguiente solsticio de primavera, la Tierra hedía a podredumbre y pestilencia. Desde miles de años luz a la distancia, se podía observar los gases que emanaban del que había sido, alguna vez, el único planeta habitado del sistema solar. Aquel fue solo el principio de la restauración que Amanda había planeado con su minúscula plantita. Larga y renovada vida se gestaba silenciosa en las entrañas de la Tierra.