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Aliento a chocolate | Ana Efigenia

Aliento a chocolate | Ana Efigenia

Llego a casa. «Hola», digo con un gesto de cabeza; sonrió triunfante y me acerco a saludarlo con un beso. «¿¡Qué haaaaaces!?», pienso al ver que se ha chupado el dedo índice y me ha limpiado la bocera derecha antes de recibir el beso.

Después de una merienda copiosa (chocolate con churros), he atravesado Gran Vía y he paseado, entre la multitud, delante de los escaparates luminosos de Madrid. Cuando llegué a Primark, había un señor sentado en las escaleras de la entrada. Me miró y comenzó a reírse con tantas ganas que las personas que nos rodeaban también me miraron. A su lado tenía cinco bolsas de papel abiertas y colocadas unas al lado de las otras. Estaban vacías. Se levantó, cogió dos con la mano izquierda y tres con la mano derecha. Caminaba cojeando de ambas piernas, como si las bolsas pesaran toneladas. Se sentó en la tienda colindante, justo en los escalones de la entrada. Tras unos minutos en los que parecía reflexionar, entró y compró otra bolsa de papel.

Subí a la última planta de Primark. Siempre que voy me apoyo en la baranda y oteo la cantidad de personas que entran y salen de la tienda. En Navidad ponen un árbol gigante que llega hasta la segunda planta. A mi lado se situó un señor que se había estirado tanto la cara que tenía las cejas en las orejas. Le observé atentamente. Me di cuenta de que él también me miraba. Hubo un momento en que cerró un poco los ojos, se acercó a mí y luego sonrió, pero su sonrisa no parecía una sonrisa. Entonces, de pronto, soltó una carcajada. Me asusté. Bajé corriendo todas las escaleras hasta llegar a la puerta de salida y seguí corriendo unos metros más. Cuando paré, el señor de las bolsas ya tenía siete.

 

Entré en una tienda de jabones. Rezumaban fragancias que me era imposible disociar. Había un pequeño lavabo en la pared, con un letrero que pendía de una cuerda gruesa en el que se leía «Lávate». Cogí un trocito de jabón de nata y me lavé la parte izquierda de la cara. A continuación, probé el jabón de café (un exfoliante natural que te despelleja sutilmente). Una niña que sujetaba la mano de su mamá (o de la que suponía que era su mamá) se tapó la boca, con la mano libre cuando pasé por su lado, y abrió mucho los ojos.

Luego fui a La Casa del Libro: estuve más de una hora pasando hojas. Olía bien: a tinta y a pensamientos. Una chica rubia, que estaba sentada en un sillón cuando entré, seguía sentada en la misma postura cuando me fui. En alguna ocasión pasé por detrás de ella para poder descubrir las letras que la atrapaban.

Después pasé a la tienda de Dunkin Donuts y pedí una caja de seis: dos de chocolate, dos de dulce de leche y dos de turrón. Mordí el primero; después fui mordiéndolos todos hasta comerme uno y medio (más o menos). Me percaté de que la bolsa de papel que había dejado en el suelo no estaba. Miré a mi alrededor y vi cómo el señor de las bolsas vacías caminaba de manera ligera con muchas bolsas más, incluida la mía. Ya no cojeaba. Guardé la caja de donuts en mi bolso y seguí el camino hasta llegar a la parada del bus. Me subí al 001. Saludé al conductor, el cual me miró con repugnancia. Me senté detrás de él y continué admirando Madrid a través de los cristales manoseados del vehículo gigante.

Me apeé en Atocha. Cogí el tren con destino a Aranjuez en el andén siete y me senté entre dos chicas. Ambas me miraron varias veces durante el trayecto. Al bajarme del tren vi que el autobús urbano arrancaba. Salí corriendo y me tropecé. Durante varios metros estuve dando trompicones. Un chico que pasaba por allí me sujetó de un brazo y me ayudó a recobrar el equilibrio. Al darle las gracias, me dijo: «Llevas una gota de chocolate en la comisura de la boca», y yo le dije: «Sí, la guardé toda la tarde; pienso regalársela a mi chico».

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