Montserrat Elwes

Algo de provecho

Escribir con hambre o incendio, orgasmo lento, hurgando en la herida, dándole sal al dolor. Escribir sin compasión, por aplacar el silencio. Observarme desde arriba, donde todo adelgaza, pierde peso, donde no hace falta comer. Mi tía quería inventar esa pastilla para no comer, para dejarme en paz, para no tener que darme la sopa. Así escribo y no tengo que comer. 

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¿Estás haciendo algo de provecho?, mamá me perseguía con esa frase. Se me quedó enganchada debajo de la piel. Al crecer mi piel se estiraba y la frase se hacía más grande ¿ESTÁS HACIENDO ALGO DE PROVECHO? Y si no hacía algo de provecho debía morir como las mariposas. Aunque nunca he sabido qué sería “de provecho” según mamá. Tiendo a volar, así, dando vueltas, y que, de algún modo, esté haciendo algo.

Estuve buscando durante todo el invierno un editor. Me parecía que, si escribía, debía encaminarme hacia algún lugar, hacer algo útil, cumpliendo el deseo materno, que había crecido conmigo. Mamá, la pobre, se despidió de nosotros pidiéndome que cuidara de mi hermano, de mi padre, y si se descuida, me encarga cuidar también a la enfermera y a la señora de la limpieza que pasaba por ahí. Mamá, falleció sin saber mi don para la escritura. Y era algo que le debía. Pero, sabía que ella, no hubiera permitido que yo escribiera por placer, por la inercia de desarrollar ese don que tanto me había insistido Don Eusebio, mi maestro. 

A falta de editor, y de dinero para autoeditarme, puse mi empeño en buscar un taller de escritura donde dar un paso más en mi crecimiento como escritora. Pensaba que, mientras permaneciera en los círculos literarios, algún día llegaría mi momento. Encontré una escuela que me motivaba, pero no sólo me preocupaba el precio de los cursos, sino que eran presenciales y se desarrollaban en una ciudad a quinientos kilómetros de donde mi austera vida de oficinista. Envié un mensaje al administrador de la escuela preguntando si existía la posibilidad de realizar alguno de sus cursos a distancia. Enseguida me contestó que no era el plan de la escuela y que no podría ser. Dos meses después recibí un mensaje de un remitente que no conocía. Me explicaba que el coordinador de los cursos de escritura le había mencionado mi interés en realizar su taller y que, aunque no era su costumbre, me ofrecía hacer el curso a distancia de modo particular. Tomé nota del remitente y lo busqué en internet. Mi excitación empezó a nublarme la vista. Era un escritor con numerosos premios, tanto en su país, Venezuela, como en España, donde vivía desde hace unos años. Me pareció una gran oportunidad. Pero empecé a dudar de mis recursos económicos. A veces, pienso, que nos asusta tanto el éxito que nos protegemos con varias excusas, una tras otra. Hice eso, pero le contesté. Media hora después el escritor me contestó diciendo que había leído textos míos en internet y que mi talento le había sorprendido. Que estaba dispuesto a proporcionarme el curso y el acompañamiento como maestro, a un coste mínimo. “Ese talento hay que desarrollarlo hasta que brille”. Mi ego de escritora a punto de saltar a la fama se desbordaba. Me veía volando hacia las presentaciones de libros, a Ferias, finalista en premios nacionales. Enseguida recibí el material y las propuestas de trabajo del escritor que me iba a acompañar en mi vuelo creativo. Empezamos a buen ritmo los primeros meses. Mis alas se estaban reforzando con trabajo, con una energía que nunca había sentido. Mi mayor deseo era poder dedicar ese primer libro publicado a la memoria de mi madre, que siempre quiso que hiciera algo de útil. Después de alagar mi ego durante meses, cuando mi computadora desbordaba de material para publicar, mi tutor dejó de contestar los correos. Llamé a la escuela donde daba el curso presencial y nadie contestó al teléfono. Lo intenté durante semanas. Mis alas, perdían fuerza y empecé a respirar una soledad seca, enmohecida, un sabor empalagoso me llegaba desde la garganta y me quitaba las ganas de comer. Me sentía débil, me arrastraba hasta el apartamento y, antes de abrir el portal, esa nausea me quitaba el aire. Así pasaba las tardes, hasta entrada la noche, dando vueltas por el barrio, luego por lugares de la ciudad que desconocía. Y, finalmente, este parque donde he establecido mi hogar. Un estrecho rincón donde paso el tiempo sin hacer nada, nada de provecho.