Al arrancar, él todavía tenía la cara mojada. Se limpió con la manga y esperó a que
pasara un coche antes de salir del aparcamiento del hospital. Se había ofrecido a llevarla.
En los cuatro años que llevaban separados, ella no había vuelto a sentarse a su lado.
—El abogado dice que podemos ir contra el juez que la dejó morir.
Ella apretaba un pañuelo sobre la boca. El cinturón le cruzaba el pecho y cada vez que
intentaba respirar tenía que separárselo con dos dedos. Había dejado el bolso abierto a
sus pies. Dentro llevaba la ropa que su hija ya no necesitaría.
El calor húmedo de la noche había entrado con ellos y el aire de las rejillas apenas les
rozaba la piel. Él se incorporó a la carretera sin bajar del todo el freno de mano. El pitido
lo hizo mirar el salpicadero. Soltó la palanca de un golpe.
—Esta noche le hago otra transferencia.
Ella se volvió hacia la ventanilla. El cristal le devolvió la cara hinchada, el pelo pegado a
las sienes y unos ojos que ya no buscaban nada.
—No pueden hacer esto y quedarse tan tranquilos —dijo él.
Esperó. Ella se secó debajo de la nariz.
—Te estoy hablando.
—Lo pidió ella —contestó bajando la ventanilla.
—Era mi niña. No sabía lo que pedía.
—Si te hubieras comportado, no nos la habrían quitado.
Él mantuvo el acelerador pisado hasta muy cerca de una furgoneta. Ella adelantó un pie y
lo clavó en el suelo. El bolso le golpeó el tobillo.
—Tú te largaste.
—No quedaba otra. Tenía que huir, por ella y por mí. Pero no conseguí sacarla de aquello.
Él miró el retrovisor y se desplazó hacia la línea central. Venía un camión. Volvió detrás de
la furgoneta y aceleró en cuanto pudo adelantarla. El coche tomó velocidad entre
bandazos que a ella le revolvían el estómago. Él soltaba el aire por la nariz. Ella bajó la
vista a las manos de él y dijo:
—Conmigo le faltaba de todo. Contigo fue peor.
La mano derecha abandonó el volante. Ella conocía aquellas manos. Los dedos
conservaron un instante la curva del agarre; después se cerraron sobre la palma,
despacio. Se le marcaron los tendones. Antes de que el puño terminara de cerrarse, ella
ya había vuelto la vista a la carretera.
Delante, las luces del paso a nivel parpadeaban. Frenó de golpe ante la barrera que
descendía. Ella salió impulsada hacia delante hasta que el cinturón le apretó el pecho.
Él se volvió hacia ella y empezó a gritar justo cuando apareció el tren. Ella alcanzó a oír
«mi hija». El ruido tapó el resto. Veía la saliva en la comisura y la boca que seguía
moviéndose. El coche aún temblaba cuando él golpeó el volante con la base del puño.
Tras el último vagón quedó un zumbido. Él tenía la boca abierta, pero ya no dijo nada.
La barrera se levantó y él siguió mirando al frente, con las manos sobre el volante,
mientras los coches de atrás pitaban. Tardó unos segundos en meter primera.
Al otro lado de las vías se recostó en el asiento y dejó la mano derecha sobre el muslo de
ella, como hacía antes. Ella juntó las rodillas y se desplazó hacia la puerta. Él retiró la
mano y la devolvió al volante, abajo, junto a la otra. En el siguiente semáforo se detuvo
aunque todavía estaba en ámbar.
Llegaron a la calle donde vivía ella. Aparcó frente al portal y puso el punto muerto.
Al subir el bolso al regazo, una manga quedó sobre su rodilla. Él la miró. Su mano avanzó
unos centímetros y se detuvo antes de tocarla.
Empezó a llorar otra vez. Buscó la llave a tientas, sin apartar los ojos de la manga, y
apagó el motor.






