Siempre fue un idiota (Relato 367)
La atmósfera en nuestro coche, que alguna vez fue un refugio del frío y la crudeza del mundo,
se había vuelto áspera. Había un olor a fiesta rancia y unas ganas, al menos por mi lado, de
desgarrar la ropa ajustada que la vanidad me obligó a ponerme y echarla a la basura.
Sin embargo, no era esto lo que me hacía hervir la sangre. Él lo sentía. Pero seguro no tenía idea
de qué estaba mal. Me daba cuenta entonces, viéndolo de reojo jugando con su corbata, de que
siempre fue un idiota.
Cuando viajábamos los dos solos, así fuera para hacer las compras en el supermercado del
centro, la dinámica era la misma: yo conducía y él se encargaba de la música. El trayecto de
anoche fue uno de silencio.
“Hace algo de frío, ¿no?” preguntó al cabo de unos minutos de viaje.
“Puede ser. Disculpa” dije antes de subirle un poco a la temperatura.
Quería acelerar y estrellarnos contra uno de los tantos árboles que hacían el contorno de aquella
carretera. Morirnos los dos, al instante. Lo único malo es que él no sabría el motivo. Lo miraría
a los ojos, fijamente. Vería sus pupilas dilatadas, sus manos frenéticamente moviéndose en el
aire, sus piernas fallándole. Y escucharía sus gritos de pánico mientras en su mente retumbaría
un por qué abrumador.
Volvíamos de una reunión de antiguos alumnos de nuestro instituto. Hacía casi quince años que
no veíamos a muchas personas, apenas mantuvimos una amistad superficial con un par de ellas,
así que costó un poco de trabajo convencerme de ir. Él, por otro lado, estaba muy entusiasmado.
Nosotros nos conocimos siendo unos adolescentes. Siento que nos gustamos enseguida. Me
propuso matrimonio al terminar el último curso, cuando estábamos obscenamente ebrios en un
parking público. Por un momento, cuando vi sus ojos tan serios, el mundo dejó de dar vueltas y
mi mirada se centró en aquel cuatro ojos a un palmo de mí pidiéndome pasar mi vida a su lado.
Le dije que sí y le planté un beso que terminó en vómito.
Hemos tenido nuestras idas y venidas, pero cualquiera diría, y de hecho, sí dicen, que nuestra
historia es de romance de ensueño. Uno que se ha mantenido y prosperado, cumpliendo metas
poco a poco. Siempre con amor, paciencia, comprensión, ternuras y todas esas chorradas.
“¿Te pasa algo?” me preguntó a mitad de camino.
Me planteé entonces qué hacer. Podría haber aminorado la marcha o incluso haberme detenido
en el arcén de la vía – nos quedaba todavía una hora hasta llegar a un pueblo medio decente, y
dos horas hasta llegar a la casa –, para explicarle que, mientras los compis de nuestra clase
estaban disfrutando de un baile, mi corazón se hacía trizas viendo cómo le comía la boca a
escondidas a la zorra de Sara Perinaldo. Seguro esto explicaría el porqué de mi perceptible enojo.
Otra opción era hacer lo que hice.
“Creo que me sentó un poco mal la comida” le dije, y le lancé una leve sonrisa complaciente. Me
juré que esa sería la última sonrisa que obtendría de mí.
“Seguro fue el ponche de huevo” me respondió. “A Sara también pareció afectarle, tenía muy
mala cara”.
Apreté el volante y aceleré a unos 150 en un momento.
“¡Por dios! ¡Frena un poco!” me suplicó.
Seguí pisándole. No tenía miedo, estaba colérica. Odiaba a Enrique. Lo odiaba por encima de
todas las cosas. Incluso por encima de mí misma.
Pero mi cuerpo no podía hacer lo que mi ira y desesperación le ordenaban. Desaceleré entonces,
justo a tiempo para coger la primera curva cerrada de esa carretera. Mi marido me estaba
agarrando del hombro. No me había dado cuenta hasta ese momento que pude sentir el dolor
que me hacía su mano muerta de miedo, tiesa como un gato envenenado.
“Quita la mano” le dije.
Respiré profundamente, y logré controlarme y recomponerme. Aunque para ese momento ya
habían caído unas cuantas lágrimas sobre mi vestido.
La carretera, a las dos de la madrugada, se mostraba vacía. El viaje restante se me hizo eterno.






