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Aida Vergara | Las coordenadas del deseo

Portada de Aida Vergara | Las coordenadas del deseo

El chofer llegó puntual. Frente a la casa, la puesta de sol destellaba al automóvil adornado con discretas cintas blancas. Consultó su reloj y volvió la vista hacia la entrada, la novia apareció minutos después envuelta en un vestido de encaje que arrastraba suavemente sobre los escalones.

Llevaba un ramo de rosas blancas y un velo que le ocultaba parte del rostro, caminaba lento, titubeando en cada paso, la duda la invadía minutos antes de la hora. El chofer descendió para abrirle la puerta, -buenas tardes señorita, ¿lista para llegar al altar?

Ella se detuvo un instante antes de entrar,-eso espero, respondió, con una sonrisa que no alcanzó a iluminarle los ojos, se acomodó en el asiento trasero, colocó el ramo sobre sus rodillas y cerró la puerta.

El chofer volvió al volante, ajusto el retrovisor. Al encontrarse con aquella mirada perdida, comprendió que no todos los viajes de bodas comenzaban con la felicidad de la novia, no alcanzaba a comprender qué estaba pasando. -¿Está nerviosa?

-¿Usted se casaría con alguien si tuviera que convencerse de qué lo ama?

El hombre guardó silencio unos minutos,-yo solo conduzco, señorita.

-Lo sé, por eso le cuento, usted ni me conoce, no va a juzgarme y mañana ni siquiera recordara mi cara.

-¿Y qué tendría que recordar?

Qué estoy apunto de cometer el error más caro de mi vida. El teléfono vibró sobre su regazo, un mensaje iluminó la pantalla: Felicidades, hoy es tu gran día, ¡ojalá seas feliz!. Era él, Aarón, el hombre al que había renunciado por miedo, por orgullo, por creer que el amor debía parecerse a una promesa de seguridad.

-¿Al templo? Insistió el chofer al llegar a una bifurcación qué marcaba el camino de la granja La encantada. Ella contempló el ramo, una rosa había perdido un pétalo, lo interpretó como una señal-No, lleveme a “La encantada”.

-¿A una granja?, ¿Ahora?

-Sí allí me espera alguien.

El chofer tomó el camino de la terracería, ella conocía cada curva, cada árbol, en aquella granja lejos de las miradas había encontrado refugio y condena. Allí se reunía con su ex , entre tardes robadas y despedidas que siempre prometían ser las últimas.

-¿Es suya?- preguntó al chofer.

-No, pero hay lugares que terminan perteneciéndonos sin que nos demos cuenta. Al llegar, pidió que se detuviera, con la mano aferrada al ramo permaneció inmóvil unos segundos, el corazón le golpeaba el pecho con la urgencia de quien intenta escapar de su propio cuerpo, sentía miedo, culpa, vértigo; una mezcla amarga de promesas incumplidas y deseos que se negaban a morir.

-Gracias por escucharme, ni siquiera sabe cómo se llama mi prometido

-No señorita.

-Mejor así.

Cerró la puerta, caminó hacia la granja, levantándose la falta para no ensuciarla con el polvo del camino. El chofer la observó hasta que desapareció por la vieja entrada, después miró el reloj, faltaban diez minutos para la la ceremonia.

En el asiento trasero, el teléfono de la novia volvió a vibrar, otro mensaje de Aarón: Estoy aquí, ¡hoy sí quiero que hablemos de nuestro futuro!.

Una amarga felicidad la invadió, deseaba con todo su corazón un dulce tormento para toda la vida.

El chofer arrancó sin saber que acaba de llevar a una novia al lugar donde quizá comenzaría otra boda, o terminaría el último de sus engaños.

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