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Roberto Vega | Cruasán y café

Portada de Roberto Vega | Cruasán y café

El día que una de las clientas habituales me habló de él, hacía un calor insoportable. Miré a través de los maniquíes y lo vi al otro lado de la calle: registraba una papelera. Era como un borrajo gris, el color del chaquetón que le cubría hasta las rodillas, tenía el pelo alborotado y la barba le tapaba la mitad de su pecho.

Me sorprendió una figura así en aquel barrio, lleno de coches recién matriculados, ejecutivos de zapatos relucientes y turistas cargados con bolsas de las tiendas más caras de la ciudad.

Rebuscaba a conciencia. Ordenaba en el interior de una bolsa lo que sacaba de la papelera, y que parecía servirle, y desechaba el resto. Al finalizar, volvió a depositar los deshechos en el interior y se alejó con su botín.

Al día siguiente, mientras colocaba algunos artículos en el escaparate, lo vi aparecer con un carro de la compra de un supermercado cercano. Aunque lo llevaba repleto de cachivaches, parecía más un andador, como el que utilizan los ancianos en las residencias de la tercera edad, que lo que era: una carretilla de transporte de mercancías. Se detuvo en la terraza del bar donde suelo almorzar. De pie, con una mano en el asa del carrito, rebañó las sobras del desayuno que una pareja había dejado hacía unos minutos, y apuró el café de las tazas.

Las jornadas se fueron sucediendo y su presencia se volvió habitual, como la de un sereno que recorre las calles por temor a que dejen de serlo. Su actividad era frenética. Como un depredador con una camada de crías a las que alimentar, solo alteraba su férrea disciplina si algo llamaba su atención: una colilla con restos de tabaco, una botella con un culín de refresco, algún papel que a alguien se le hubiera caído del bolsillo.

A veces, se detenía ante la llamada de alguien: un camarero que le entregaba un café, la chica de la tahona con un cruasán, alguna señora que le repartía unas monedas. Él aceptaba el ofrecimiento, daba media vuelta y continuaba su búsqueda; siempre atento, expectante a cualquier novedad en el entorno.

Una mañana, no apareció. Acababa de despachar con una clienta y pensé que tal vez lo había hecho mientras atendía a la mujer en los probadores. Sin embargo, mis sospechas se corroboraron cuando vi al camarero hablando con la chica de la tahona: él sostenía un café en la mano, ella, un cruasán. Me pregunté si le habría pasado algo, si estaría enfermo, o si habría encontrado un barrio mejor en el que vivir. Comencé a indagar, a hablar con unos y con otros, y me di cuenta de que ninguno sabíamos nada de él, que habíamos admitido su presencia en nuestras vidas como una serie en la que cada episodio, aunque distinto, parecía un calco del anterior.

Pasó una semana hasta que volví a verlo. No había perdido su forma de rastrear, pero algo en su ritmo más lento, en las dos tallas de más de su nueva chaqueta marrón y en el movimiento constante de sus labios, me decía que no era el mismo.

Fue entonces cuando me cuestioné cuál sería su historia. Si tenía familia. Si alguna vez fue un niño feliz al que le gustaba correr detrás de una pelota, o montar en bicicleta. Si le habían roto el corazón, o cómo había sido su primer beso. Si había una foto suya guardada en algún álbum, o si había cocinado para alguien. Lo hice mientras se tomaba el café y daba cuenta del cruasán, desde el otro lado del cristal que separaba nuestros mundos, el mismo que me impedía conocer el tono de su voz, o escuchar el roce de las suelas de sus zapatos sobre la acera.

Una tarde, seleccioné algunas camisas que me parecieron de su talla y las dejé sobre la mesa donde solía desayunar. Cuando lo vi, parecía cansado. Se acercó y sacó una camisa. Levantó la cabeza y, durante un instante, tuve la impresión de que nuestras miradas se cruzaban. Cogió la bolsa y se fue.

Ahora, lleva varios días sin aparecer. Me pregunto de qué color será su nueva chaqueta.

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