Graciela Figueroa T.
Detrás de la cortina
La tarde estaba quieta. Y de pronto, se rompió. No fue un ruido, fueron voces y gritos.
Me dirigí a la ventana. No abrí. Solo recorrí la cortina con dos dedos, lo justo para que mis ojos cupieran en esa rendija.
Enfrente, en la banqueta, mi vecina, la nueva; la que lleva un mes aquí y a la que apenas saludo. Frente a ella, su hija. Quince, dieciséis años a lo mucho. Mochila en el suelo, el suéter a medio poner. Discutían. La madre señalaba hacia el final de la cuadra, por donde se había ido un muchacho en auto. Era el novio. Yo lo había visto también pasar todas las tardes.
La muchacha negaba con la cabeza, una y otra vez; como si con eso pudiera borrar algo.
Y entonces, pasó: La madre levantó la mano. Un chasquido sordo en el aire quieto. La cabeza de la chica se fue de lado. No lloró, solo se quedó con la mano en la mejilla, roja, quemándole.
En ese instante llegó el padre, bajándose de inmediato del auto. La chica corrió hacia él. Se le colgó al cuello, sollozando. Él miraba a una y a otra, como pidiendo una explicación.
La madre gritaba. Con la cara desencajada le decía algo. Algo que parecía terrible, que la tenía fuera de sí.
Entonces, él tomó con fuerza a cada una del brazo; Y las metió a la casa de un jalón. La puerta azotó. El eco retumbó en toda la calle. El silencio que quedó fue peor que los gritos.
Me quedé todavía detrás de mi cortina con las uñas en la tela, con el corazón golpeándome el pecho. La mochila de la chica había quedado tirada en el suelo.
No sé qué pasó. Yo solo vi cinco minutos de una vida que no es mía. Desde mi ventana solo se nota el estallido. No se sabe la historia completa.
Y mientras deslizaba la cortina, despacio, me preguntaba, qué estaría pasando ahora adentro, detrás de esa puerta cerrada con violencia.






