La niña , frente al espejo se contemplaba dentro del disfraz de princesa: la falda de tul, las mangas transparentes, la pequeña corona torcida sobre el cabello rubio. Sonrío, afuera, detrás de la ventana, el imponente gran danes del vecino la observaba inmóvil.
Ella no lo vio, abrió la puerta y salió al jardín levantando cuidadosamente la falda para no pisarla.El perro permaneció quieto unos segundos, enorme y silencioso. Como admirando aquella aparición.
¡Mira soy una princesa! Dijo ella, dando giros. El animal corrió hacia ella, el golpe fue seco. La niña cayó sobre el pasto y el gran danés tiró de la tela con una fuerza desproporcionada para un juego. El tul se desgarró, la corona salió disparada, una manga quedó entre los dientes del animal. Ella permaneció inmóvil, asustada, mirando como el perro sacudía entre sus fauces un pedazo de su vestido, lo que hacía apenas unos segundos la convertía en el personaje de sus sueños “una princesa”.
El gran danés soltó el pedazo del disfraz y la miró…
La niña también.
Por un instante ninguno entendió que algunas princesas no necesitan un castillo para ser destronadas,sin la corona, sin el vestido sin el brillo que la hacía sentirse otra, ya no sabía quién era la niña que estaba allí.






