Cuándo sonó la primera explosión pensé que era una tormenta absurda que había decidido caer sobre los techos en lugar de sobre las nubes, pero el segundo estruendo hizo temblar el piso bajo mis pies, el tercero arrancó las ventanas de sus marcos, entonces comprendí que el cielo no estaba descargando lluvia sino fuego, corrí sin saber hacia dónde porque todas las direcciones parecían conducir al mismo espanto, vi edificios doblarse como si estuvieran hechos de papel húmedo, escuché el llanto de los niños mezclados con la sirenas uiiiiiiiiii uaaaaaaaaa,uiiiiiiiii, uaaaaa, los gritos, el rugido interminable de los aviones, el silbido de los proyectiles que descendían con una precisión indiferente, el aire comenzó a llenarse de polvo, de humo, de concreto pulverizado, de olor a metal caliente y a cables quemados, cada respiración raspada las gargantas de todos como si estuviéramos tragando cenizas, tropecé con una bicicleta abandonada, con una muñeca sin brazos, con fotografías familiares esparcidas sobre la calle como hojas arrancadas de un álbum que jamás volverán a su lugar, levanté la vista y vi un hospital convertido en una montaña de escombros, una escuela sin paredes donde los pupitres permanecían alineados esperando alumnos que ya no regresarían, una iglesia abierta de lado a lado mostrando sus bancos vacíos, cuándo por fin cesó el estruendo no llegó el silencio sino un vacío aún más insoportable, un vacío hecho de ausencias, de humo suspendido, de relojes detenidos, de teléfonos que seguían sonando bajo los escombros, de miradas fugaces incapaces de comprender como una ciudad llena de voces podía convertirse en un paisaje donde hasta el viento parecía soplar con miedo y donde yo descubrí que un bombardeo no termina cuando cae la última bomba sino cuando deja de doler el eco de todo aquello que ya nunca resurgirá.







