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Destino | Kela

A veces el mundo calla para luego hacerte gritar.

Se puede morir de muchas maneras. Morir ahogado, electrocutado, atragantado,  quemado. Morir por una enfermedad, en un accidente, morir de casualidad o de forma predeterminada. Morir sin apenas enterarse, morir agonizando, sufriendo, morir lentamente o de manera precoz. Gritando o en silencio. Habiendo vivido mucho o apenas haber empezado. Se puede morir vestido o desnudo, recién comido o en ayunas. Morir solo o acompañado. En tu casa o de viaje. En definitiva, se puede morir de muchas maneras. Pero la peor de todas las muertes es morir en vida. En ella, sigues respirando, sigues viendo lo que te rodea, sientes frío o calor, pero estás muerto. Puedes pensar por ti mismo, dar un paso hacia delante, otro hacia atrás, reír y llorar, gritar o callar,  pero sigues muerto. Morir en vida es dejarte marchar, estar pero sin estar.  Es la peor muerte porque no es una muerte en sí, sigues viviendo y lo haces sufriendo, perdido en tus miserias y en el mundo mudo que te rodea.

                                 ***

Los zapatos esperan un poco mugrientos en la balda del pasillo principal de la casa. Esperan ser calzados y poder salir a recorrer caminos hechos, caminos sin camino  y caminos a medio hacer.  Mientras, tú te debates entre ducharte o lavarte sin más,  por encima. Te da pereza cualquier cosa. Las ganas de vivir se han marchado hace tiempo y no haces nada para remediarlo. Al igual que tus zapatos, te sientes olvidado. “No” es tu palabra, “ no”. A todo le ves el lado negativo y ni un ápice de luz o esperanza asoma en tu día a día. Sin saber por qué, has sucumbido a la oscuridad de tu hogar. Te has atrincherado en ella como si fuera el único refugio donde sentirte cómodo. La gente ya no se acuerda de ti, nadie te espera fuera, ni dentro, ni al otro lado, nadie. Las horas pasan, marcan cada segundo que se va para no volver. Respiras por supervivencia pero en realidad estás muerto.

En una amago de resurgir de tus cenizas, fijas la mirada en el aparador. Ves tus zapatos y decides calzarte. Echas un último vistazo a tu salón,  a tu sofá, ese que te atrapa cada día y no te deja marchar. Decides dejarlo atrás y con ímpetu cierras la puerta de tu casa. El tímido sol te ciega al salir a la calle. Por primera vez en mucho tiempo te sientes bien, respiras hondo y tus pulmones se ensanchan. Estás relajado, comienzas a andar con tus mugrientos zapatos color marrón. Están viejitos, pero son cómodos y te permiten caminar como si el suelo fuera un gran algodón. Cruzas el barrio y sonríes. Sin saber por qué, has roto con la rutina y eso es un gran paso para ti. A veces el mundo calla para luego hacerte gritar. Te paras en el quiosco y compras la prensa. En la siguiente esquina decides tomar un café y leerlo. Tras ponerte al día te paras en la página de las esquelas. — ¿Qué se sentirá al morir? —te preguntas mientras repasas cada nombre de los fallecidos. Tal vez para ti la muerte se trate de algo liberador. Acabar con tanto sufrimiento acumulado. Poder terminar con esa agonía que te persigue, descansar de la ansiedad y la depresión.

Mueves los dedos de los pies dentro de tus zapatos desgastados y un impulso de seguir andando llega a ti. Ahora paseas contemplando la calle, los escaparates. El cielo se ha oscurecido y sientes alguna gota de lluvia caer sobre ti. No llevas paraguas, pero te da igual. La sensación de mojarte te hace sentir vivo. Sigues paseando bajo la lluvia y lanzas un pequeño suspiro. Hoy la cosa va a cambiar. Vas a empezar a hacer cosas, como pintar que tanto te gustaba. En cuanto llegues a casa vas a desempolvar tus lápices y dibujarás todo aquello pendiente.

A veces el mundo calla para luego hacerte gritar.

Pensando en todo eso te descuidas al cruzar la carretera.  De pronto un claxon se oye en toda la calle, a continuación un gran frenazo. Un fuerte golpe te eleva por los aires. Luego, la nada.

Tu cuerpo latente yace en el asfalto.  A dos metros más allá reposa uno de tus zapatos.

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