Siempre me paro en la barra y pido lo mismo. El café se ve igual, sabe igual, lo mismo de siempre. Amo esta predictibilidad. Todos los días a las 09:00 am.
Desde hace unas semanas hay un nuevo barista cuya belleza solo puede exaltar mi ritual. Cada mañana, disfruto la forma en la que prepare el café. Cada tarde, espero con más ardor llegar a las 09:00 de la mañana. Disfruto de cada movimiento, de cómo coloca el portafiltros en el molino mientras se da vuelta para limpiar la máquina. Cada tarea que hace es una oda a la perfección. Lo miro en su completa humanidad y pienso si es consciente de los estertores que me despierta.
Sus nudillos gruesos, sus dedos largos y masculinos agarrando la taza, su pecho amplio y varonil que camina hacia mí, la voz profunda que pregunta por mi orden. Miro sus labios carnosos moviéndose al ritmo de sus palabras, su bigote corto y dientes levemente torcidos, la sonrisa amplia y generosa que guía todo el momento. Miro fijamente sus ojos grandes y almendrados confirmando lo que él ya sabía: quiero un americano sin azúcar. Recuerda mi rutina a la perfección, en menos de una semana ya sabe que existo. La certeza de mi existencia me genera tanto placer como excitación. Se da la vuelta para empezar el ritual y ya siento como va subiendo mi arrobamiento, el placer de repetir lo mismo todos los días, la ejecución de mi rutina insulsa, mundana, cotidiana.
Me fijo en su delantal perfectamente puesto, su camisa planchada y vaporosa, la gracia infinita de sus movimientos. Recorro lentamente su espalda con la mirada, reparo en su dorso, tan ancho y perfecto, la ropa pegándose a su cuerpo, mojada por un leve sudor. Bajo la mirada, su trasero tan firme es casi una invitación. Las piernas largas, los zapatos lustrados. Recorrerlo con la mirada brinda un placer absoluto, su belleza es un alimento que devoro con ansiedad.
Se da la vuelta, la segunda parte del ritual inicia. Sirve el café como si estuviera sirviendo a la vida misma, como si solo importara este momento. La concentración que brinda su amor por el oficio cautiva en absoluto. Su ensimismamiento, su mirada fija me lleva fuera de mí, alucino, grito en silencio. Veo como la taza de acerca entre sus manos, reposa entre sus nudillos grandes y viriles, estoy en la cúspide de mi éxtasis, no aguanto más tanto placer, tanta belleza.
La taza se posa frente a mí, la tomo con excitación total, doy el primer sorbo. Le energía del universo entero entra en mí, me toma desde las entrañas mismas, entro en conexión con la vida, muero por un instante, es el final. Me desplomó en una silla, me siento exhausto, transpiró plenitud. Me repongo mientras aún respiro agitado.
Se acabó, ahora él pertenece a otro cliente. Mañana a las 09:00 volveré por mi café. Amo esta predictibilidad.






