—¡Buenas, cariño!
Robert (Roberto) entra en casa, se quita su gorra y la cuelga del perchero. Toma la foto de familia. Margory (Margarita) aparece con esa mirada ajena, como si algo fascinante sucediera bien lejos del lugar que ocupa su marido. Al posarla, se fija en la encimera. Pasa un dedo por encima y lo levanta lleno de polvo.
—Ay amorcito, ¿le has vuelto a dar vacaciones al trapo?
Un coro de risas, el público estalla en aplausos.
Toby se acerca a la cocina. El perro le mira asustado desde lejos. El párpado izquierdo se le hunde sobre la cuenca vacía.
—Ven bonito, papá está en casa—. Se desafían con la mirada. Vamos, acércate, cabroncete. No tengas miedo. Así, eso es—. ¿Quién es mi perro bonito? Lo sube en brazos y lo estruja con fuerza. Obediente, el perro le lame el cuello.
Ríe con las cosquillas. «¡Oooooh!», exclama el público. Cuando se cansa, lo arroja a un lado y Toby sale por patas.
—¿Cariño?
Igual le ha preparado una fiesta sorpresa, como en el episodio 17 de la segunda temporada. Entonces el padre de familia llegaba con su jefe a casa. Como habían olvidado invitarle, todos terminaban escondidos en el salón hablando entre susurros para que no les descubrieran.
Está él como para invitar a su jefe. Como si Jeremy (Jeremías) no fuera un gilipollas. Ni siquiera habían compartido una cerveza. Ese cabrón solo quería que hiciera el trabajo sucio y mantuviera la boca cerrada. Sí, calladito igual que las vacas cuando huelen la mierda que han expulsado sus terneritos antes del golpe final. Asco de trabajo y asco de gente. Allí todos le miraban con desprecio, aunque nadie quería ocupar su puesto. «Roberto, se han vuelto a quejar tus compañeros». «Roberto, no puedes amenazar a la gente con la
pistola de sacrificio». «Roberto, este es el matadero de mi familia y no vamos a tolerar este tipo de comportamientos». Bla-bla-bla, así todo el día. Mira el reloj. En una hora volverán a emitir otra reposición de su serie favorita. La cena tampoco está preparada. ¡Maldita sea, Margory!, ¿qué has estado haciendo todo el puñetero día?
—Maaaargooo, empiezas a preocuparme —dice mientras camina por la casa. Sus botas retumban como tambores.
El teléfono, ¿lo han movido? Se acerca, descuelga y se lo lleva al oído. Sin señal, solo el eco de una línea muerta. Se le aflojan los hombros, suelta el aire que retenía dentro. Se le estiran los labios, asoman los dientes, se desnudan sus encías rojas.
—Margo, tu maridito está en casa.
Va al dormitorio. La cama desecha. Del pomo del armario cuelga un camisón transparente. «Uuuuuuhhhh», sugiere el público. Lo coge para olerlo. Un instinto animal se abre paso en su vientre. La tela tiene costras de sangre reseca. ¿En serio? Ni lavarla siquiera.
Suspira de nuevo. Va hacia la cocina y arroja la prenda en la lavadora. Sigue inspeccionando la casa. Entra en el baño. Parece una letrina. —¿Dónde demonios estás?
Entonces llega un sonido metálico. Viene del sótano. Le asaltan los recuerdos, cae el telón. En una esquina ve las maletas llenas. A su alrededor, trozos desmenuzados de la vajilla.
Abre la puerta y baja despacio. La música de intriga sube de volumen. El público se come las uñas. ¿Episodio especial de Halloween? Tranquilo, tranquilo. Llega el alivio cómico. Risas aseguradas en la última escena. —¿Margo?
El arrastre de cadenas se detiene. Un haz se cuela por el tragadero de luz. Ilumina su rostro hinchado, una franja de tela cubre su boca. Robert se calma. Todo marcha bien, no ocurre nada.
—Pensaba que se te habían olvidado las frases —ríe.
La mujer ahoga su lamento contra la mordaza. El público calla.
Toma sus manos, saca la llave y la libera. Ella se frota las muñecas despellejadas.
Robert le pasa una mano por los hombros. Aterrada, ella tiembla. —Calma —dice mientras suben juntos—. Ésta será la toma buena. La deja quieta en mitad de la cocina. Vuelve a abrir la puerta. Fuera oscurece sobre los mechones de hierba marchita. El ocaso baña su coche oxidado. A su alrededor vuelan nubes de moscas. Toma aire. ¡Acción!
—¡Buenas, cariño!






