Se subió las bragas, se alisó el vestido y metió en su bolso los objetos que encontró diseminados por el suelo: las llaves, el móvil, un sonajero, la tarjeta de embarque y la cartera con la documentación. Lo dejó sobre el mueble recibidor, buscó uno de sus zapatos de tacón que había acabado perdido en un rincón de la habitación y volvió a mirar a la puerta abierta del baño; a las gotas que continuaban golpeando la base de la ducha.
—La próxima vez me aseguraré de que haya agua caliente —dijo él tumbado sobre la cama―. Pondré una reclamación.
El ventilador removía las cortinas entreabiertas y las motas de polvo jugueteaban sobre su cuerpo desnudo.
—Me tengo que ir ―se disculpó ella.
—¿Te da tiempo a llevarme a la estación? —preguntó él, al tiempo que miraba su reloj y se incorporaba—. Mi tren sale en una hora.
―Claro, pero date prisa.
El aparcamiento que se extendía frente a la fachada del motel estaba lleno de baches. Se subieron al único coche aparcado bajo el tejadillo de chapa. Conducía ella.
—No quiero que llegues tarde por mi culpa, puedo arreglármelas ―dijo él mientras ajustaba el nudo de su corbata.
―La estación de tren me queda de paso, y la oficina de alquiler para devolver el coche está en la entrada de la terminal ¿Te vuelves solo? ―preguntó ella sin dejar de mirar al frente.
―No, con un par de compañeros.
—¿Los solteros?
―Los solteros —confirmó él―. Imagínate la fiesta que debieron tener anoche después de un contrato como el que firmamos ayer.
—Claro, los veteranos ya no hacéis esas cosas, ¿verdad? ―ironizó ella.
—Oh, vamos, no vayas por ahí.
―Sigo la ruta que marca el GPS.
—Sabes a qué me refiero. Si me quedé hasta hoy, fue por ti.
―Yo también me quedé por ti.
Tomaron un desvío y se adentraron en una zona de polígonos. Las vallas publicitarias anunciaban teléfonos de última generación y viajes a lugares exóticos.
―¿Has pensado en lo que hablamos del viaje? —quiso saber ella.
―¿El de Indonesia? Complicado. El cliente echó para atrás la última oferta; lo estamos negociando, pero no hay nada seguro y, si no es por trabajo, veo muy complicado poder viajar tantos días.
—Complicado… —susurró ella—. Había reservado esa semana.
―Lo sé, sé que es una faena tremenda. Pero, créeme, no puedo hacer nada, lo están negociando los de arriba, no depende de mí.
—¿Los de arriba?
—Sí ―contestó él—. Sabes que si por mí fuera no lo dudaría ni un instante. Me paso el día pensando en ti; no hay nada que desearía más que estar una semana a solas contigo en Indonesia, pero no puedo hacer nada.
—Yo también pienso en ti ―dijo ella—, en nosotros.
―Pero había planeado volver a alquilar la cabaña del bosque —continuó él―: aquella con vistas al lago que tanto te gustó.
—La cabaña del lago…
—¡Sí! ―exclamó él—. Podríamos ir un fin de semana, los dos, solos.
―¿Un fin de semana? —insistió ella.
—Oh, venga, hago todo lo que puedo. Pero tienes que darte cuenta de que mi situación es…
―Me doy cuenta —lo interrumpió ella—. Ahora preferiría que nos calláramos un poco.
Permanecieron en silencio el resto del trayecto. Ella detuvo el coche frente a la estación de trenes, en doble fila. Con ambas manos en el volante, observó cómo se apagaban las luces del salpicadero. Él se desabrochó el cinturón de seguridad. A pocos metros, paró un taxi. Dos jóvenes se bajaron del interior y entraron a la estación por la puerta principal.
—Los solteros ―dijo ella—, pero tranquilo, no nos han visto.
—Ya te he dicho que no me importa que nos vean.
Él se acercó y la cogió de las manos.
―No puedo despedirme así. Sabes que te quiero.
—Yo también te quiero —suspiró ella mientras se abrazaban—, pero tienes que irte.
Él cogió su maleta y abrió la puerta del coche. Ella sacó algo de su bolso.
—Es tuyo―dijo ella con el sonajero en la mano―, que no se te olvide.
―Gracias —murmuró él con una sonrisa ridícula mientras lo guardaba en el bolso de su chaqueta.






