Cuando ella abrió, la puerta de casa rebotó contra los grandes zapatos tirados frente al zapatero. Y en su sitio, unos zapatos pequeños. De princesa. Tardó unos segundos en emprender la marcha por el pasillo. Encendió la luz. Al fondo, en el sofá del salón, él. Dormido alrededor de un cementerio de latas verdes. Olía a ceniza.
Siguió hasta la cocina. Gris, el interior de una fábrica. Aceite en el suelo y polvo en las esquinas.
Cogió un trapo y metió todo en el fregadero. Un vaso pegajoso se le resbaló de entre los dedos. Cerró los ojos un instante antes de recogerlo. Necesitaba parpadear para seguir viendo.
Él llegó a la cocina. Se acercó por detrás. Rodeó las caderas de ella con los brazos y apoyó el mentón cerca de su cuello.
—¿Qué tal el nuevo trabajo?
—Una mierda—contestó ella. —Odio llegar de noche a casa. Y esta tranquilidad. La nevera arrancó con un zumbido. Después, de nuevo el silencio.
—Yo tampoco me acostumbro.
—¿Y tu entrevista?—preguntó ella, tajante.
—Fatal. Dicen que ya me llamarán.
—Ya… ¿fuiste borracho?
—No, esta vez no. Pero no iba centrado. Cada vez que pienso en Nina…
El agua corría por el fregadero. Un rayo de luz entraba por la ventana. El polvo danzaba en su trayectoria iluminada.
Silencio.
El pecho de ella empezó a estremecerse. Y el de él. La abrazó con más fuerza. Hasta que se fundieron. De los dos, uno.






