Llevaba cinco años en esa oficina. Odiaba aquel lugar y, sobre todo, a mi jefe, pero el autobús número 8 me dejaba en la puerta.
Mi supervisor había tenido que dejar su despacho hacía un tiempo. Un día un trozo de pared con moho se cayó y descubrieron que todo el edificio estaba plagado de asbestos. No había dinero para arreglar nada, así que ahora se sentaba en la misma oficina que Carmela y yo.
Ya casi estamos en números positivos, corderitas anunció girando su silla hacia mí con las piernas bien abiertas.
Apenas le miré. Fingí que estaba hurgándome las uñas con la punta de una regla metálica. A veces fantaseaba con lanzársela y ver cómo le apuñalaba.
Maravillosas noticias contestó Carmela.
Carmela llevaba tantos años en aquella oficina que era casi parte del mobiliario. Tomó la estampita de la Virgen María que siempre tenía encima de la mesa y se santiguó rápido.
Me gusta tu pelo hoy, Carmela mentí cogiendo la grapadora y mirándole el pelo lacio que le caía sobre los hombros.
Se lo atusó.
¿Si? Estoy alargando lavados. He leído que es bueno para las puntas. Observé cómo la caspa caía sobre su jersey de cuello alto negro.
No irás a grapar papeles ahora, ¿verdad? espetó el supervisor torciendo el morro. Sabes que no soporto ese ruido.
Saqué un enorme taco de papeles del cajón de mi escritorio.
Ya lo sé, lo siento, Contabilidad necesita estos papeles con urgencia…— Había nacido para ser actriz.
Cogí la grapadora con la mano y separé las hojas en tacos pequeños. Empecé a grapar con toda la fuerza que podía. Con cada golpe, la cara del supervisor se encendía un poco más.
Vamos a conseguir hacer un trato con la empresa de Murcia. Esto es lo que necesitamos para volver a encabezar el sector— intentó cambiar de tema.
Carmela volvió a santiguarse rápido.
Un chasquido me indicó que me había quedado sin grapas. Salí de la oficina hastiada y me dirigí al armario del pasillo donde guardábamos los recambios.
De lejos vi a Toño, el de mantenimiento. Su sonrisa dejaba entrever una funda dorada en una de las palas.
Hey, ¿qué haces luego, guapetona?
No lo miré. Necesitaba encontrar las malditas grapas.
Tengo que llevar al gato al veterinario. Tiene lombrices.
Un gesto de asco se dibujó en su cara, pero no desistió.
Igual podíamos quedar un día, ya sabes, como aquella vez.
Le miré un momento. Nos habíamos liado una vez, en un bar cerca del curro. Estaba muy aburrida y había huelga de autobuses.
Claro, ya te avisaré.
No había que cerrarse puertas. El transporte público no era fiable. Toño me guiñó un ojo antes de irse y proseguí mi búsqueda. Seguro que el cabrón del supervisor había escondido las grapas otra vez.
Entonces vi por el rabillo del ojo algo que se movía cerca del almacén: una rata. De las grandes. Me acerqué a la puerta de la oficina intentando disimular una sonrisa:
Han vuelto las ratas.
Carmela se giró con los ojos como platos y abrazó la estampita de la Virgen. El supervisor se puso nervioso y se le cayó café por la camisa. Sabía que odiaba los roedores.
Bichos infectos… la culpa es del calentamiento global, están todas buscando refugio en los edificios.
O la basura del almacén—murmuré.
Me ignoró y siguió su discurso:
Tenemos que aniquilarlas. Se comen los cables y así acabarán destrozando todo el edificio.
Se levantó balanceando su enorme barriga hacia adelante como una pelota. Los botones de la camisa parecían dos equipos jugando al tira y afloja.
Antes de llegar a la puerta, las luces parpadearon. Carmela dio un salto en su silla y se santiguó varias veces seguidas.
El supervisor se perdió tras las desconchadas puertas del almacén. «Ojalá las ratas lo devoren», pensé.
Entré de nuevo en la oficina y me dirigí al cajón de su escritorio. El mango estaba pegajoso. Y dentro, estaban las grapas; cogí varias cajas y las puse en mi cajón.
Cómo odiaba a aquel tipo. Y cómo odiaba él aquella grapadora. La recargué y me quedé esperando paciente a que volviera.






