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La grapadora | Sandra Durán

Llevaba cinco años en esa oficina. Odiaba aquel lugar y, sobre todo, a mi jefe, pero el autobús  número 8 me dejaba en la puerta. 

Mi supervisor había tenido que dejar su despacho hacía un tiempo. Un día un trozo de pared con  moho se cayó y descubrieron que todo el edificio estaba plagado de asbestos. No había dinero  para arreglar nada, así que ahora se sentaba en la misma oficina que Carmela y yo. 

Ya casi estamos en números positivos, corderitas anunció girando su silla hacia mí con las  piernas bien abiertas. 

Apenas le miré. Fingí que estaba hurgándome las uñas con la punta de una regla metálica. A  veces fantaseaba con lanzársela y ver cómo le apuñalaba. 

Maravillosas noticias contestó Carmela. 

Carmela llevaba tantos años en aquella oficina que era casi parte del mobiliario. Tomó la  estampita de la Virgen María que siempre tenía encima de la mesa y se santiguó rápido. 

Me gusta tu pelo hoy, Carmela mentí cogiendo la grapadora y mirándole el pelo lacio que le  caía sobre los hombros. 

Se lo atusó. 

 ¿Si? Estoy alargando lavados. He leído que es bueno para las puntas.  Observé cómo la caspa caía sobre su jersey de cuello alto negro. 

 No irás a grapar papeles ahora, ¿verdad? espetó el supervisor torciendo el morro. Sabes  que no soporto ese ruido. 

Saqué un enorme taco de papeles del cajón de mi escritorio. 

Ya lo sé, lo siento, Contabilidad necesita estos papeles con urgencia…— Había nacido para  ser actriz. 

Cogí la grapadora con la mano y separé las hojas en tacos pequeños. Empecé a grapar con toda  la fuerza que podía. Con cada golpe, la cara del supervisor se encendía un poco más. 

Vamos a conseguir hacer un trato con la empresa de Murcia. Esto es lo que necesitamos para  volver a encabezar el sector— intentó cambiar de tema. 

Carmela volvió a santiguarse rápido. 

Un chasquido me indicó que me había quedado sin grapas. Salí de la oficina hastiada y me dirigí  al armario del pasillo donde guardábamos los recambios. 

De lejos vi a Toño, el de mantenimiento. Su sonrisa dejaba entrever una funda dorada en una de  las palas. 

Hey, ¿qué haces luego, guapetona? 

No lo miré. Necesitaba encontrar las malditas grapas.

Tengo que llevar al gato al veterinario. Tiene lombrices. 

Un gesto de asco se dibujó en su cara, pero no desistió. 

Igual podíamos quedar un día, ya sabes, como aquella vez. 

Le miré un momento. Nos habíamos liado una vez, en un bar cerca del curro. Estaba muy aburrida  y había huelga de autobuses. 

Claro, ya te avisaré. 

No había que cerrarse puertas. El transporte público no era fiable. Toño me guiñó un ojo antes de  irse y proseguí mi búsqueda. Seguro que el cabrón del supervisor había escondido las grapas otra  vez. 

Entonces vi por el rabillo del ojo algo que se movía cerca del almacén: una rata. De las grandes.  Me acerqué a la puerta de la oficina intentando disimular una sonrisa: 

Han vuelto las ratas. 

Carmela se giró con los ojos como platos y abrazó la estampita de la Virgen. El supervisor se puso  nervioso y se le cayó café por la camisa. Sabía que odiaba los roedores. 

Bichos infectos… la culpa es del calentamiento global, están todas buscando refugio en los  edificios. 

O la basura del almacén—murmuré. 

Me ignoró y siguió su discurso: 

 Tenemos que aniquilarlas. Se comen los cables y así acabarán destrozando todo el edificio. 

Se levantó balanceando su enorme barriga hacia adelante como una pelota. Los botones de la  camisa parecían dos equipos jugando al tira y afloja. 

Antes de llegar a la puerta, las luces parpadearon. Carmela dio un salto en su silla y se santiguó  varias veces seguidas. 

El supervisor se perdió tras las desconchadas puertas del almacén. «Ojalá las ratas lo devoren»,  pensé. 

Entré de nuevo en la oficina y me dirigí al cajón de su escritorio. El mango estaba pegajoso. Y  dentro, estaban las grapas; cogí varias cajas y las puse en mi cajón. 

Cómo odiaba a aquel tipo. Y cómo odiaba él aquella grapadora. La recargué y me quedé  esperando paciente a que volviera.

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