Rosie besó la fotografía y la guardó en la cartera. Miró por la ventana y vio los árboles sucederse unos a otros en un borrón verdoso.
—¿Queda mucho?
Hiro negó con la cabeza y giró el volante. Ella se echó hacia atrás en el asiento, impacientándose. Había intentado convencerse de que aquello iba a ser otra pérdida de tiempo y de dinero -el viajecito hasta Japón no había salido barato- pero aun así, tenía expectativas.
Era sabido que las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas y Rosie era la perfecta abanderada de aquel dicho. Cuando Kaho, la nueva enfermera, le habló del mito que se contaba en su aldea natal, sólo tardó un día en decidirse a comprar el billete de avión. Se decía que en lo más profundo del bosque de Kanamori había un antiguo santuario sintoísta dedicado a Inari, el dios de la cosecha y de la fortuna. Y que allí era posible intercambiar la suerte. Según los testimonios que había encontrado en Internet, sólo era necesario escribir dos nombres en un ema -la tablilla de madera que aferraba entre sus dedos- y colgarlo de un árbol junto al santuario.
Kaho le dio el contacto de su familia por si necesitaba ayuda. Su padre le ofreció alojamiento pero se negó a llevarla hasta allí, argumentando que lo que pretendía hacer atentaba contra los pilares del sintoísmo. El hermano pequeño de Kaho, sin embargo, no tuvo inconveniente en hacer la vista gorda y ofrecerse como guía por una módica tarifa de trescientos dólares que Rosie ni siquiera regateó. Esa tarde compró el ema para la ofrenda y por la noche se tomó una pastilla de melatonina que no le hizo nada. Los nervios la sacudían como a una hoja a merced del viento otoñal.
El coche se detuvo al final del camino, junto a un cartel casi ilegible. Rosie salió del vehículo y observó el bosque con un nudo en la garganta. Los gigantescos árboles apenas dejaban pasar el azul del cielo entre sus hojas. Se oía un leve susurro, quizás de la brisa o tal vez del follaje.
—Sigue por ahí hasta que encuentres unas escaleras. Súbelas y llegarás al santuario —le explicó Hiro.
—¿No me acompañas?
—No, yo de aquí no paso. Pero te esperaré para llevarte de vuelta.
—Gracias por tu ayuda. Toma, lo que acordamos.
—No —repuso el muchacho, rechazando el dinero—. Anoche hablé con mi hermana y dijo por qué lo quieres hacer. Ten cuidado… en especial con los zorros. Los zenkos te ayudarán, pero debes desconfiar de los yakos.
—¿De quiénes?
—Son espíritus maliciosos que pueden adoptar forma humana. Si ves un zorro que no sea blanco… mejor no sigas adelante.
Rosie estuvo a punto de decirle que no había recorrido diez mil kilómetros para dejarse intimidar por una superstición, pero se contuvo. Se adentró en el bosque admirando cómo el hermoso tapiz que entretejían las ramas de cedros, cipreses y arces, capturaba la luz. Sus pasos quedaban amortiguados por el murmullo de los árboles hablando entre sí. Subió las escaleras de piedra, casi ocultas por la vegetación, y llegó al santuario de Inari. Un torii cubierto de musgo y enredadera, con dos estatuas de zorro flanqueándolo, parecía brotar de la propia tierra.
Escribió su nombre en una cara del ema, el de su hijo en la otra y colgó la tablilla de madera de una rama con un cordel rojo. Después, se arrodilló y rezó. Un soplo de aire trajo consigo el tintineo lejano de una campana y Rosie abrió los ojos. No sabía qué esperaba sentir, pero no se notó diferente.
—Ohayou gozaimasu.
Sobresaltada, se giró y vio a un hombre barriendo las hojas a los pies del torii. Vestía un kimono tradicional y tenía sandalias de madera con calcetines blancos. Al sonreírle, sus ojos se convirtieron en dos finas medias lunas. Se fijó en que la piel de sus tobillos estaba ennegrecida, como manchada de hollín. El móvil vibró en su bolsillo y Rosie leyó el nombre del hospital. Cuando levantó la mirada, advirtió que el desconocido de los pies negros había desaparecido. La mujer, sintiendo una dolorosa opresión en el pecho, descolgó sin apartar la vista de la hojarasca amontonada.






