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El día que el aire se detuvo | Aida Vergara

El fumaba sintiéndose actor de cine, disfrutando cada bocanada del humo que penetraba  en sus pulmones. Encendía un cigarro tras otro, dejando que el lomo le dibujara el tiempo  frente a sus ojos, a veces, entre la niebla gris, recordaba una frase que había escuchado  años atrás sin recordar quien se la había mencionado:” Los cigarrillos son asesinos que se  trasladan en paquetes”.

Entonces sonreía, incrédulo, como si la muerte fuera una exageración ajena de la que todos le decían estaba destinado a encontrarlo. Primero llegó la tos como un visitante  discreto, después se ahogaba y esa tos que nunca lo dejaba. 

Cuando por fin decidió ir al médico, no fue por miedo, sino por cansancio. El diagnóstico  no tuvo dramatismo: palabras medidas, mirada firme, silencio al final. Cáncer pulmonar.  Dos meses, quizás menos. El asintió como si hablaran de otra persona, como si su cuerpo  fuera una historia que no le pertenecía. Al salir encendió un cigarro con manos que no  temblaban. Inhaló profundo. Pensó y esta vez no sonrío:” Los cigarrillos son asesinos que  se trasladan en paquetes”.

Nunca volvió al hospital , sino a un lugar más remoto. Alguien le había hablado de un  chamán que preparaba brebajes para ver lo que no se puede ver normalmente. Lo buscó y  encontró en su choza cargada de humo espeso y silencio. No pidió curación. Pidió claridad  , pidió sin decirlo del todo, adelantarse al final, ese final que ya tenía seguro y que no  podía eludir.

El chamán observó largo rato antes de asentir. Le habló en voz baja, en un idioma que  parecía más viejo que el miedo. Le advirtió: no todo lo que se revela puede deshacerse,  aún así, él aceptó. Días después, recibió los hongos secos, envueltos con cuidado.

Esa noche, tranquilo, seguro de su decisión, preparo el brebaje. Agua hirviendo, manos  firmes, un gesto casi ceremonial, no había miedo, sólo una extraña lucidez. Se sentó en la  penumbra, con el último cigarro consumiéndose entre sus dedos. 

Bebió

El mundo comenzó a deshacerse lentamente, como si alguien retirara capa por capa la  realidad. Vio el humo transformarse en figuras, su vida entera en película proyectarse. Y  ese humo que seguía cambiando en figuras, rostros, en pasillos interminables. Entonces  pensó o creyó pensar por última vez:

“Pienso, luego existo”

La frase apareció clara, casi irónica, como un eco aprendido demasiado tarde. A la mañana  siguiente, el silencio era distinto. 

Fue ella, su pareja quien abrió la puerta, empujada por una inquietud que no supo  nombrar, el aire estaba denso, detenido, como si la casa también contuviera la  respiración. Lo encontró: sentado, inclinado apenas hacia un lado, con la taza vacía sobre  la mesa y el cenicero desbordado.

No gritó.

Se acercó despacio, creyendo que aún podía despertarlo, le rozó el hombro, luego la  mano fría. Entonces lo vio todo: el último cigarro consumido hasta el filtro, la quietud  absoluta, la ausencia definitiva. Sus ojos se detuvieron en la mesa, en los restos, en el  humo inexistente. Sin saber por qué, recordó aquella frase que él repetía a medias como  un presagio:
“Los cigarrillos son asesinos que se trasladan en paquetes”.

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