No sé dónde me encuentro, tampoco cómo he llegado hasta aquí. ¿Por qué? La oscuridad se cierne a mi alrededor. Apenas puedo moverme. Agito mis manos en todas las direcciones, pero enseguida encuentran el camino bloqueado. Chocan con muros infranqueables. Mi respiración rebota y regresa caliente. Es una especie de cajón de madera que no cede por ningún lado. Estoy encerrado, tumbado con la espalda sobre el fondo. Mis brazos solo se pueden extender junto a mi cuerpo. Mi corazón palpita con fuerza, parece hacer eco en el receptáculo que me contiene. El sudor comienza a hacer charco debajo de mí sin encontrar espacio adónde ir. Percibo el móvil en mi bolsillo derecho. Logra sacarme un amago de sonrisa. De momento me brinda el apoyo para mantenerme cuerdo. No porque crea que vaya a ayudarme a salir. Sé, de manera anticipada, que no tendré cobertura. Pero sobre todo es una fuente de luz. Podría ser determinante. Me va costando respirar lo que hace que todavía se acelere más el pulso. Los latidos retumban en la madera hasta el punto de que mis oídos los perciben como mensaje emitido por una radio. Noto una ligera corriente chocando en mi cara. La linterna del smartphone consigue mostrármelo: se trata de un pequeño orificio por el que entra aire fresco en el contenedor donde me hallo. No va a ser suficiente, me da la sensación de que el espacio se reduce por segundos. Chillo hasta desgañitarme. No recibo ninguna respuesta. Algo roza mi cara. Es un hilo. El aire ha hecho que me acaricie el rostro, que me haga cosquillas. Lo sujeto con la mano. Noto como cede. Se oye un tilín lejano. Vuelvo a tirar, otro. Repito, otro más. Tilín, tilín, tilín… durante un buen rato. Una mueca de mis labios hace aflorar mis dientes. No hay ninguna respuesta. Me pitan los oídos. El mundo se balancea a mi alrededor.
Recuerdo haber leído que, en una época, enterraban a los difuntos amarrados a un cordel que iba hasta una campanilla en la superficie. Si realmente no estaban muertos, podrían avisar.
¿Cómo voy a salir de aquí? Tilín, tilín. Tengo que seguir tocando la campanilla para que alguien pueda escucharlo en algún momento. Todo mi cuerpo se agita de forma frenética. Debo calmarme, esos espasmos no me llevarán a ningún sitio. Solo pueden empeorar mi encierro. Luchar por mantener la cordura se ha convertido en la prioridad absoluta. De ello dependerá salir con bien. Mis costillas comienzan a incrustarse contra las tablas. Al intentar encoger las piernas, mis rodillas pegan contra el tablero superior. Me obliga a recuperar la misma posición. No puedo modificar la postura. La luz de la linterna se tambalea. Tilín, tilín. Habrá un momento que se escuche. ¿Cuánto tiempo llevaré aquí? Las tripas me rugen, solo que no podría ingerir nada. Siento la boca seca, aunque sin sed.
Tilín, tilín, doy unos nuevos tirones. Me parece que oigo rozar algo. Tilín… el sonido no regresa igual de limpio. Puede ser que alguien esté ahí afuera. Doy un nuevo tirón: tilín… tiiiilín, tilíííín, tiiilííííín. Hay algo ahí arriba, yo solo he dado un tirón del hilo.
Cae polvillo por el agujero. Escarban la tierra. ¡Eh…! Deseo gritar de emoción. No me sale ni el mínimo hilo de voz, se queda atascada en mi garganta. Tiro con más fuerza del hilo. Tilín, tilín, tilín. Ahora noto resistencia del otro lado. ¡Me han encontrado! Las lágrimas resbalan por mi rostro. Siento como marcan surcos a través del polvo que lo cubre hasta llegar a su desembocadura, los costados de mi cuello.
Ahora está más claro, tiran con cierta intensidad, lo aferro con ambas manos, no quiero soltar el hilo, la esperanza que no me ha abandonado. Escucho un resoplido muy cerca, vuelve a caer tierrilla por el orificio. Nada más durante un tiempo. Guau.
El hilo se tensa. Lo sujeto con ambas manos. Intento retenerlo. Y cede de golpe. Lo voy recogiendo. Hasta que aparece el otro extremo entre mis dedos. Desolado escucho alejarse arrastrándose la campanilla. El tilín… tilín… se va amortiguando. Despacio. Cada vez más débil. El tintineo no regresa. El aire no logra entrar en mi pecho.







