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Un lugar en tu interior | Ana Efigenia

Un lugar en tu interior | Ana Efigenia

Te miro. Observo tu procesión errante acompasada por pasos aparentemente firmes, atormentados por un temblor. Aprecio el esfuerzo que haces para alzar las rodillas. La primera emoción que despiertas en mí es de mofa. Siento una mezcla entre lástima y vergüenza ajena. Tu vestimenta no es para menos: llevas ropajes de guerra remendados. De ambas solapas de la chaqueta de camuflaje, penden muchas medallas: amontonadas unas encimas de otras, empujándose para sobresalir de la fosa común de metales brillantes con valor sentimental.

Salgo de mi ensoñación, y vuelvo a mirarte. Ahora te veo. Te mueves dentro de un batallón imaginario, y compruebas que, en cada giro de tu marcha, coincides con el de tus compañeros. Hablas solo. Llevas un sombrero vaquero negro y unas gafas de pasta del mismo color, con los cristales tan gruesos que empequeñecen tus ojos.

La gente se aparta. Obvian que yerras. Y yo, desde un lugar privilegiado (sentada en un banco de una inmensa estación de tren londinense) descubro dónde se paró tu mundo. El cabello largo, gris y despeinado te da un aire romántico. Me pregunto cuántos años llevas desfilando, cuántas batallas habrás ganado para lucir un arsenal de medallas, cuántas otras batallas te has perdido por sumirte en la tuya propia.

Me acerco a ti en un impulso. Busco tu mirada. Compartimos unos segundos de incertidumbre emocional. Hueles a desesperanza. Paras el compás, y te quitas una de las medallas. Me pides permiso sin pronunciar palabra, y me la clavas en la chaqueta vaquera. Me coloco en tu escuadrón. Mis pasos se agigantan, y mis rodillas se elevan como las tuyas. Ya somos dos errantes que desfilan entre muertos de guerra.

Tras unas cuantas vueltas por la estación, un pequeño niño, rubio, de ojos azules se acerca a nosotros con semblante serio —quizás, de miedo inocente lleno de curiosidad—. Paras el paso, y yo te imito. El pequeño nos enfrenta la mirada, y le hago un guiño. Sus padres están cerca: siento sus ojos clavados en nosotros. Entonces, te vuelves a quitar otra de las medallas y te arrodillas en el suelo para abrochársela en el jersey. Los padres se acercan y con un gesto te ofrecen su consentimiento. Ya somos tres que van desfilando entre muertos de guerra.

Los pasos del pequeño se elevan tanto que parece un hombrecito que va clavando los talones en el suelo. Los viajeros se ríen al vernos, al igual que me reí yo con anterioridad. Retomamos la marcha, y nos adentramos en tu mundo, en el que el olvido y la soledad te tienen retenido. Llega la hora de despedirse. En un cambio de marcha, me paro y me quito la medalla. El pequeño, que se ve cansado después de varias horas de caminata, hace lo propio. Nos situamos delante de ti y te devolvemos el saludo militar que nos has brindado. Me inunda un sentimiento lánguido y profundo que no sé descifrar.

Lloras. Tus manos envuelven las nuestras y las aprietas a modo de gratitud. Nos vuelves a pinchar las medallas en la ropa y, así, sentimos la necesidad de seguir tus pasos de nuevo. Enfilamos. Entonces, lo comprendes. Frunces los párpados unas décimas de segundo y desprendes las medallas de nuestros cuerpos. Te las clavas en la chaqueta, justo encima del corazón. Apremias en abrazarnos e inmediatamente continúas con tu desfile. Donde siempre te quedaste. Sin volver la vista atrás.

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