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Pedro Romero | La muerte de Josefa

Portada de Pedro Romero | La muerte de Josefa

La madre de Ernesto murió en un precioso día de playa.
Esa mañana de domingo, Ernesto había abierto su ventana y no había conseguido
divisar ni una sola nube en el cielo. Estaba limpio y brillante como una tele nueva. A
Josefa la habían internado ya en el hospital, así que tenía el día entero a su
disposición, bueno, y a disposición de sus hijos. Los despertó, les dió un desayuno
improvisado y les dio la gran noticia: “Niños, hoy vamos a la playa”.

Ya en el coche, aquello era un auténtico griterío, los niños iban más contentos que
marrano estrenando lazo. Contaban burritos por la carretera: el niño los de la izquierda
y su hermanita los de la derecha. Y Ernesto les ayudaba. Era un juego que, cuando era
pequeño, su propia madre le había enseñado.
El viaje duraría unas cuatro horas y pasarían por algunos de los lugares más bonitos
que pueden verse en los andes colombianos. No era un viaje especialmente largo, pero
así, jugando, se haría más corto y entretenido.

Recién lo habían llamado del hospital: Josefa, su madre, pedía hablar con él, quizás
para despedirse. Pero Ernesto no quería perder la cuenta de los burritos que iba
contando cada niño. Por alguna extraña razón había más burritos del lado derecho de
la carretera, y a su hija le brillaban los ojitos cada vez que veía otro más.
“Díganle a mi madre que la llamaré más tarde”, le dijo a la enfermera.

Su madre tenía cáncer de estómago, y hasta hacía poco tiempo había permanecido en
casa, junto a Ernesto y sus hijos. Pero, cuando empezaron los dolores, a Josefa
tuvieron que ingresarla en el hospital, y allí le dijeron que podía ser cosa de un mes o
dos, lo que aguantara el cuerpo. Ya no había nada que hacer, salvo suministrarle
morfina cuando apareciera el dolor.

Y ahora que su madre se encontraba en el hospital, Ernesto quería disfrutar de un
maravilloso día de playa junto a sus hijos. Luego la llamaría. No pasaba nada si su
madre esperaba un rato más. Al mal tiempo buena cara, pensó.
Con cada curva del coche los niños chillaban de emoción cuando asomaban las orejas
puntiagudas de un nuevo burrito. Ernesto era feliz viendo a sus niños llenos de vida y
movimiento. Y Josefa murió esa tarde, con el último burrito de la carretera.

Ernesto recibió la noticia nada más llegar a su destino. Y por un fugaz momento,
pensó en su madre. Recordó el tiempo que habían pasado juntos, cuando ella, de niño,
lo vestía, lo arreglaba, le preparaba su lonchera para el cole y con un beso lo
despedía… Entonces una tibia y solitaria lágrima bajó rodando por su cara, llegó a sus
labios y le dejó un regusto a mar en su boca… y se puso el bañador.

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