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Ana Fortuny | Don Andriu

Portada de Ana Fortuny | Don Andriu

Por Ana Fortuny

Querida Marcela:

Tengo que darte una noticia para que estés informada y no te asustes al volver de tus vacaciones. Yo sé que tú lo querías mucho, pero ya sabes cómo es la vida. Hace una semana murió el jefe. Don Andriu se había pasado, ¿no es cierto? Eso pensábamos todos. A sus ochenta y dos iba a la oficina a diario, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, y estaba pendiente de todo, de quiénes eran los mejores clientes, de quién trabajaba y quién no, y de cuánto dinero había en el banco y en la caja chica.

Creo que cuando le cantamos «¡Feliz cumpleaños a ti!», hace un mes, mientras él intentaba soplar las velas, todos pedimos un deseo y se nos cumplió, ¿o no, Marcela? No lo pedimos por nosotros, sino por él. Nos caía muy bien, pero lo veíamos encorvado y con problemas de respiración cuando subía las gradas para ir a su oficina. «Se va a caer», pensábamos, «ahorita se va a caer». Pero de las gradas no se cayó. El lunes pasado estaba dictando un memo a su secretaria y en la oración final: «Agradezco su colaboración para la adecuada implementación de estas disposi…», se detuvo. Se desmayó sobre el pecho de Gildita. Ella quedó paralizada, en un abrazo casi maternal. Después de treinta segundos, como ella misma nos contó, empezó a gritar, pero le salió una especie de silbido de ave desnutrida: auxi, auxi, au…xi…liooo, que repitió a modo de letanía. El chico de las fotocopias iba pasando y la vio por la ventana. Entró al estilo Rambo y se lo quitó de los brazos. Lo tendió en el suelo y llamó a los paramédicos. No le encontraron signos vitales, pero lo subieron a la ambulancia y mientras lo llevaban le dieron masaje al corazón, y el jefe volvió, sí, Marcela, don Andriu volvió a los tres días. No podíamos creerlo. Ahí lo teníamos de nuevo, como el ave esa que regresa de las cenizas, ahorita no me acuerdo cómo se llama, si Ave Félix o Véliz o Ave Feliz, ya me voy a acordar. Regresó re bueno del cuerpo, más erguido, más ágil, pero perdido de la mente. No ha preguntado por las cuentas, ni por los materiales que deben traer los proveedores, ni siquiera ha regañado a Rafa, y eso sí que me parece extraño. Está obsesionado con las canciones de los Beatles. «We all live in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine». Y no me vas a creer, pero nos hace que las cantemos. Cuando menos lo sentimos, está detrás de nosotros y tenemos que seguirle la corriente: «We all live in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine». Parece que va al timón porque mueve una rueda imaginaria. Como a la hora se destraba, se queda pensativo y continúa: «All you need is love… du du du du du… All you need is love, love. Love is all you need…».

Los hijos no saben qué hacer. Pensaron en dejarlo en casa con dos enfermeras, pero ya lo conoces. Quiere morir aquí. Además, cree que el edificio es un castillo. «¡Suban el puente!», nos grita. Y ahí nos tienes, jalando cuerdas y cadenas que sólo él puede ver. Nos manda a las mazmorras, cuando nos ve trabajando. No creemos que dure mucho, pero quién sabe, el tiempo vuela, Marcela, y de repente encargamos otro pastel.

De todas formas, te escribo este mensaje para que no te asustes, por si le vuelve a suceder a la brevedad, antes de tu llegada. Creo que le haces falta. Un día preguntó por la jovencita que siempre se viste de negro, y esa solo puedes ser tú.

Un abrazo,

C. A.

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