Enrique Gómez

Un abrigo gris

Emilio era un pringado, pero no era mala gente. La última vez que se supo de él estaba metido en un arcón repujado, con puertas en tres alturas, que un mago fue cerrando de una en una. El típico espectáculo que no sorprende porque se sabe cómo va a acabar.

Si alguien se hubiera fijado en Emilio un rato antes, le habría notado la cara de disgusto; en la esquina más oscura del cabaré y aburriéndose con aquel espectáculo grimoso. Fue una mala casualidad la que detuvo el foco sobre él y que el mago lo reclamara para subir al escenario.

Mientras atravesaba la sala maldijo su suerte y su falta de coraje. ¿Qué pintaba él en aquel sitio? Sabía que su mujer se la estaba pegando, pero una cosa era hacerse el sueco y otra que lo echara de casa con el argumento de que tenía que aprovechar aquella entrada porque podía ser un golpe de fortuna.

Él había oído que hay gente que compra ropa, la utiliza para ir a algún evento y luego la devuelve, pero siempre supuso que era una leyenda urbana o, como mucho, algo que sucedía de ciento en viento. Y allí estaba Emilio, que por culpa de un sinvergüenza y para no discutir con su mujer, ahora era observado por unos cuantos espectadores aburridos, a punto de ser encerrado en una caja de colores chillones.

Cuando uno se compra un abrigo, lo que importa es que sea de buen paño, se ajuste bien al cuerpo y poco más. ¿A quién se le ocurre hurgar en cada uno de los muchos bolsillos interiores que tienen estas prendas? Él había elegido el abrigo por ser gris y de lana… punto. Cuando llegó a casa, Marisol, para no variar, estaba fuera. Sacó el abrigo de su bolsa, cortó las etiquetas con el precio y la talla, lo colgó en el armario ropero de la entrada, encendió el televisor y se puso a ver lo que echaban en el canal que estaba ya sintonizado, le valía cualquier cosa con tal de evadirse.

Acababa de empezar el telediario de la noche cuando oyó pararse al ascensor, el taconeo de ella en el rellano y el ruido de la puerta de la calle al abrirse. Pocos minutos después, mientras daban paso a una noticia sobre extrañas desapariciones que le estaba interesando, la figura de Marisol se interpuso entre él y el aparato. Con el abrigo en sus manos dijo: «Pruébatelo, que vea si te queda bien». Él se incorporó de mala gana y se puso el abrigo para pasar la prueba de conformidad. Sabía que, de no superarla, al día siguiente tendría que volver para descambiarlo.

Ella lo recompuso, dando unos tirones de las solapas hacia adelante, y luego rebuscó en los bolsillos interiores para averiguar la composición del paño y esas indicaciones que vienen en las etiquetas de la ropa sobre cómo lavarlas y a qué temperatura. Se oyó un leve crujido y Marisol extrajo de uno de los bolsillos la maldita entrada.

¡El abrigo había sido usado! Estaba claro. Y fuera quien fuese, había dejado olvidada en su interior la invitación a una cena con espectáculo, por cierto: sin usar y para aquella misma noche. Emilio se enfadó y quiso guardar el abrigo en su bolsa para llevarlo a la tienda al día siguiente, pero Marisol se negó en redondo e insistió en que debía ir a aquella maldita cena, argumentando bobadas sobre el destino.

Lo peor fue que, cuando ya estaba resignado, descubrió que ella no tenía la menor intención de acompañarlo. Intentó negarse de nuevo, pero Marisol montó uno de sus típicos numeritos que a él le sonó a excusa para zafarse de su compañía.

Dos horas después el cofre se cerró y todo quedó a oscuras. El mago dio unas vueltas a la caja y, cuando la abrió, allí no estaba Emilio. Se oyeron unos débiles aplausos en la sala.

Era madrugada cuando la policía llamó a Marisol para comunicarle que su marido había desaparecido en un espectáculo de magia. Ella agradeció la llamada, colgó el teléfono y siguió retozando con su amante. Esparcidos por el dormitorio estaban una chistera, un frac de lentejuelas, un conejo de trapo y una varita mágica de pega.