Última llamada | Kobo
—¿Trae el dinero? —insistió el hombre de la cicatriz en el ojo.
—Cincuenta mil euros en efectivo. Están en la bolsa —contestó Matt con indiferencia.
—Perfecto, ¡pues vamos allá! Voy a preparar el equipo.
Matt acababa de cumplir setenta y dos años, tenía una salud de hierro y una estabilidad económica más que holgada, estaba jubilado desde hacía más de diez años en los que se había dedicado a una vida sencilla y sosegada.
—Papá, si fueras un animal, ¿cuál serías? —solía preguntarle siempre el inquieto Owen.
—Un águila, así podría volar más alto que ningún otro animal, sentir la brisa helada de las montañas y ser libre.
—¡Qué aburrido! —refunfuñó el pequeño—. Yo quiero ser un tigre albino, el más fuerte de todos. Nadie podría cazarme.
Ahora ese felino se había convertido en un prestigioso arquitecto que vivía apartado de todos en una isla neozelandesa. Hacía más de seis años que padre e hijo no se veían. Cada uno tenía su vida, uno en Nueva Zelanda y otro en Irlanda de dónde eran oriundos.
Matt había perdido a su esposa poco antes de que su hijo se mudara a las antípodas. Aquella lluviosa mañana de abril, en la que no pudo despedirse de su compañera de vida, algo cambió en su interior.
—Bueno, ¡vamos al asunto! —interrumpió sus pensamientos el hombre de la cicatriz—. Está todo arreglado. Como le explicamos en la última reunión, la compañía de seguros se hará cargo de todo. Parecerá un accidente. Usted hará su vuelo como hemos practicado estos últimos meses y durante el mismo deberá disolver la pastilla en la boca durante un par de minutos, eso le provocará un paro cardiaco, estará muerto antes de estrellarse contra el suelo —dijo sin inmutarse— ¿tiene alguna duda, algún último deseo? —preguntó con gesto de acabar con aquello cuanto antes.
Nunca le había dado miedo la muerte, siempre decía que su vida era suya, y que él decidiría sobre cuándo sería su fin. Y ese momento estaba a punto de llegar. Le habían hablado de una compañía francesa que se dedicaba a organizar suicidios asistidos. Cada cliente decidía cómo morir y lo que debería contarse a sus familiares. Todo se mantenía en secreto, nadie tenía que saber que había sido un suicidio, así que sólo había que organizar una buena escena final, y terminar a lo grande. El caso de Matt no fue muy complicado. Simplemente dar unas clases de parapente, hacer unos cuantos vuelos durante un par de meses y terminar su vida mientras disfrutaba de un último vuelo.
—¡Vamos allá! —se dijo mientras cogía carrerilla para despegar.
Allí, en los Pirineos franceses, sobre el azul intenso del cielo el vértigo de su destino invadía su cuerpo. —Ya no hay vuelta atrás—. Una explosión de sentimientos atravesó su pecho, recordaba como cargaba a su hijo a hombros cuando estuvieron de vacaciones en Escocia y Owen estaba cansado de tanto caminar por los parajes de Glen Coe. Sentía el tacto de la mano de su esposa, el olor de su pelo ondulado, el masaje de la arena al pasear juntos por la playa, la brisa del mar. El olor a tabaco de la pipa de su padre, la sonrisa de su madre, muchos recuerdos y sensaciones que pasaban como destellos por su alma: había sido feliz. Justo en ese momento escuchó el chillido de un águila que volaba a escasos metros de él, su animal favorito le había traído de vuelta a la realidad de ese instante.
—Sí amiga, ha llegado el momento de volar aún más alto —gritó justo antes de introducir la pastilla en la boca.
Fue entonces cuando algo le sobresaltó… notó como vibraba algo.
—¡No me jodas! ¿en serio? ¿justo ahora? Bueno, claro está que si esperan un poco más…
Le pasó por la cabeza no cogerlo, pero la curiosidad de saber cuál sería su última llamada pudo más.
—¿Sí?
—¿Papá?
—Owen, hijo mío —susurró lleno de emoción.
—Papá, no te oigo muy bien, hay mucho ruido.
—Si…hijo —balbuceó mientras las lágrimas salían despedidas de su rostro hacia atrás como huyendo de aquella situación.
—Ya sé que hace tiempo que no hablamos, pero no puedo aguantar hasta junio para decírtelo en persona. Así que, ahí va, te lo diré por teléfono…volvemos a casa y ¡Vas a ser abuelo!
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