Tragicomedia | Ana Efigenia
¡Peeeeero… mamááá!
—Pero… ¡¿qué haces?! —Me quedé petrificada al ver el cuello de mi madre tronchado y semienterrado con su propio cuerpo. Aparentaba un amasijo de carne y telas. La pobre sudaba tanto que las gotas que resbalaban de su cara habían formado un pequeño oasis salino en la calzada—. ¡Mamá! ¿Estás bien? —me atreví a preguntar, aun vislumbrando que era imposible que lo estuviera.
—Sí, hija. —Alcancé a escuchar el hilo de voz que mi madre había conseguido lanzar, a pesar de tener las cuerdas vocales presionadas—. Me he caído.
—¡Coño! ¡Ya, ya veo que te has caído! ¡¿Y qué has hecho para caerte?! —pregunté, a la vez que me arrodillaba a su lado para “exhumarla” de entre ella misma.
A mi madre no le salía la voz de la garganta: solo se escuchaba un finísimo silbido que emanaba de su cuerpo, como una melodía fantasmagórica, de la que no conseguí averiguar de qué parte exactamente había brotado. Me quedé estudiando la postura que había adquirido; no sabía por dónde sujetarla o qué parte tocar primero.
Habíamos ido a desayunar a una bonita cafetería adornada con guirnaldas de flores y lucecitas. Dos señores que estaban sentados en la terraza, igual que nosotras, habían soltado borricadas mientras veían cómo mi madre, dando trompicones, se había estampado contra en el gotelé grueso, típico de las paredes de mi pueblo. Se levantaron para ayudarme a desenvolverla.
Contemplé a los caballeros mientras se acercaban a nosotras… de pronto se habían bajado de su corcel. Uno medía más o menos un metro cincuenta; pesaría unos cincuenta kilos y tenía los dedos de las manos tan encorvados que se asemejaban a un nido de golondrinas. El otro llevaba una calza de unos diez centímetros en el zapato izquierdo; cojeaba tanto que temí que se despanzurrara encima de mamá y se trasfiguraran en una albóndiga humana.
Perpleja e incapaz de mediar palabra ni movimiento alguno, consentí que el esmirriado tirara del brazo que mi madre tenía prisionero entre sus grandes pechos y una de sus rodillas. Mamá se movió un poco y consiguió sacar la cabeza, lo cual dejó visibles los cráteres en erupción que le habían nacido en la frente.
—¡Jodeeeer! —solté de golpe.
—¿Quéééééé? —preguntó mi madre con la voz quebrada.
—Nada, mamá, nada. —Cerré los ojos para no ver la sangre que resbalaba por su rostro—. Ya te vamos a ayudar —le prometí, invocando a San Judas Tadeo.
Justo en ese momento, el cuerpo de mamá botó sin previo aviso y se giró de tal manera que la falda de su vestido se levantó y dejó visible su trasero cubierto por una faja marrón. El cojo tropezó de la impresión y se tambaleó durante unos segundos que me parecieron minutos. No sé cómo me dio tiempo a versionar mentalmente varias caídas imponentes sobre mi madre (todas catastróficas). El bajito se había percatado del tentetieso, y le pegó un pequeño empujón para estabilizarlo.
—¡Déjeme a mí, señora! —Miré al cojo, ojiplática. Yo estaba tan ida que hasta él hubiera podido sacar a mi madre de la maraña—. ¿Puede apartarse? —me preguntó.
—Claro, claro, perdone… —Me quité, sin más.
Como si de una película se tratase, vi desarrollarse todos los fotogramas uno a uno, hasta que mi madre se convirtió de nuevo en una señora. Eso sí, abollada, pero una señora.
—No sé qué me pasa, hija mía. Cuando me quiero dar cuenta, ya estoy en el suelo.
—¡Pero, mamá!, ¡si estás en el suelo cada dos por tres!, ¡esto no puede ser! ¿Cuántas caídas llevas en los últimos meses?
—He perdido la cuenta, hija mía. —La sangre le chorreaba por la cara y le había llegado al cuello. Su frente había doblado en volumen y sus párpados comenzaban a oscurecerse.
Me secuestró la tristeza. De pronto mi mamá se había convertido en una señora marchita, torpe y con carencias cognitivas. Mi manera de mirarla lo había maquillado. Entonces, la analicé. La viveza de sus ojos había desaparecido; sus labios ya no lucían voluminosos: estaban disfrazados de angustia. Su piel ya no era tersa ni brillante: escondía cicatrices y cansancio. Volví a mirarla pausadamente, comprendiendo el paso del tiempo. La abracé tan fuerte que me rompí del dolor. Aquellas desdichas solo auguraban el borde del precipicio.
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