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Tierra prometida | Roy Carvajal

Tierra prometida | Roy Carvajal

Me acuclillé entre escombros y cuerpos incinerados. La ceniza tras el estallido borraba el horizonte. Sacudí mi cabeza y el polvo se dispersó hacia el piso de abajo. Escuché voces cercanas en medio de un pitido en mis tímpanos, permanecí escondido tras las grietas en una pared ruinosa, en el segundo piso del hotel en Bagdad que regentaba. Temí por mi vida, quizá eran sobrevivientes hambrientos al igual que yo.

 

—Siempre pensativo, Anesh —dijo la voz tenue—. El cielo aún sangra sobre las ruinas. ¿Es lo que querías? Mi estupendo sol apenas se filtra entre tu neblina roja.

 

—Pensaba en lo que les hiciste a los bastardos.

 

—¿Que yo hice qué? ¡Admite tu culpa, Anesh!

 

—Eres ingenuo, Eon. Iluminas mundos, pero los ves relucientes solo desde arriba. Mira el resultado. Ya no hay gente suplicándote, esperando a que desciendas inmaculado del sol y que abras tus alas salvadoras.

 

—Los salvé una y otra vez —suspiró—. ¿Recuerdas cuando hice levantar esos palacios, torres y cúpulas? Les di un camino, mi protección. Pero tú, Anesh, los volviste contra mí.

 

—No es mi culpa, les diste todo, y los cegaste, pero yo les ofrecí la oportunidad de ser ellos mismos. ¿Y sabes qué pasó? Tus humanos fueron incapaces de lidiar con tu perfección y se rebelaron. Yo no los obligué.

 

¿Obligarnos a qué?, pensé, y asomé un ojo entre las grietas… ¡Los patanes sentados a unos veinte metros de mi escondite ruinoso tenían alas de verdad! Las del ángel blanco, en pie, se movían resplandecientes en su cuerpo andrógino. El otro replegó las alas oscuras sobre su torso varonil, negro y peludo con cabeza de cabra, sentado sobre un obelisco derrumbado, limpiaba con sus garras la ceniza de sus cuernos. Si fueron enviados del cielo, estaba salvado. Me sacarían de este infierno y me llevarían a la tierra prometida. El zumbido en mis oídos perdió fuerza, escuché mejor.

 

—Es fácil decirlo, Anesh —contestó el blanco, y volteó la cabeza hacia mi escondite. Eché para atrás y seguí escuchando—. Desde lo alto los vi destruyéndose. ¡Solo querías verlos arder desde tu trono de brasas!

—Querías un rebaño de corderos, Eon —la carcajada retumbó—. ¡Claro que se iban a destruir! Tus humanos impuros no son querubines. Tienen un pedazo mío dentro. ¿Lo olvidaste?

—Nunca quise su perfección, pero tampoco los quería muertos. Solo quise darles amor.

—¿Amor? —El patas de cabra escupió—. El amor fue su cárcel. En cambio, mi fuego los redimió. La devastación es el inicio. El fuego purifica, y después… se renace.

 

—Anesh, nada queda después del fuego. ¡La radiación durará siglos!

 

—La nada es el mejor renacimiento —dijo sonriente y volteó hacia mi escondrijo. 



¡Mierda, me descubrieron! Me acuclillé y me armé con un pedazo retorcido de tubería. Si no me devoran, los devoraré yo. De seguro no me vieron y volví a la grieta.



—Mira, Eon, la ciudad ya no es tu jaula de reglas. Es libre.

 

—Libres de vivir o de morir —el pajarraco blanco bajó la mirada hacia los cuerpos calcinados aún humeantes.


—En la dimensión de este universo todo es luz y sombra. Ellos eran ambos, parte tuya y parte mía.

 

—Pero disfrutaste verlos arder.

 

—Ja, ja, admito que disfruté su extinción. Cuando el fuego comienza, no se detiene.

 

—Y ahora, ¿qué? Nos dieron responsabilidad sobre este mundo.

 

—No es el fin, es un inicio —y el cabro peludo se puso en pie—. Todos estos milenios estuvimos equivocados. Tú con tu luz, yo con mi fuego.

 

—Tal vez nos necesiten a ambos, Amesh. Sin luz no hay sombra. 

 

Mi ojo en la grieta quedó fijo al horizonte rojo y cenizo. Un paso en falso me sacó de mis divagaciones.Resbalé en un tobogán de escombros que terminó de demoler el segundo piso. Me transportó hasta la base del edificio. 

Voltearon serios a verme.

Me incorporé con los brazos hechos jirones y me aferré al tubo de cañería que cayó arrastrado conmigo. Lo blandí dando estocadas en el aire con la fuerza implacable de Marduk, de Gilgamesh, los amenacé gritándoles como un troglodita. 

Ni se inmutaron. 

Quedé paralizado del miedo. El tubo resbaló de mis manos y levantó sonoro el polvo. Un pensamiento nítido y espeluznante iluminó mi mente:

 

—Tu infierno será la tierra prometida.

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