Suspciacia | Lil Fernández
—La semana pasada hablamos sobre la suspicacia. ¿Pudiste meditar al respecto? —preguntó la terapeuta.
—Sí —respondió Fernanda—. Cuando me sucede, estoy convencida de que mis dudas y desconfianza están completamente fundadas, al grado de no distinguir si lo que ocurre es algo real, o si es una elaboración mía.
—Dame un ejemplo.
—A veces, en la oficina, creo que mi ayudante esconde mis libros o mis separadores. Me tardo, pero al final, los encuentro.
— ¿Y con tus amistades?
—Lo mismo. Si de repente recibo una llamada de una gran amiga con quien no hablo hace mucho tiempo, inmediatamente suelo pensar que me llama solo para pedirme algo. No porque quiera verme.
—¿Qué efecto ha tenido esto en tu vida?
—Por una parte, no me deja disfrutar ni confiar en las demás personas. Inmediatamente creo que me van a traicionar, entonces siento la necesidad de rechazarlas yo primero.
—Y eso, ¿cómo te beneficia?
—Así nadie me lastima.
—Es decir, ¿traicionas la confianza de tus amigas para evitar que sean ellas quienes te traicionen?
—Así es. Pero no todo es tan malo. Creo que la suspicacia me ha salvado de muchos peligros. Ya sabes, “piensa mal y acertarás”. Y también me ha llevado publicar cinco best sellers de novela policiaca. Je, je, je.
—¿Crees que ser cauto ante un posible peligro y el ser creativo en la escritura es lo mismo que ser suspicaz?
—Pues no lo sé. Al menos creo que es algo muy similar. De lo que estoy segura es de que no quiero terminar como mi mamá.
—¿Qué pasó con tu mamá?
—Antes de dormir, ponía palos bloqueando la puerta, porque creía que alguien entraba en la noche a robarle o a cambiar cosas de lugar. Escondía el dinero, luego no lo encontraba y decía que se lo habían robado.
Terminó la terapia. Fernanda tomó el elevador y fue hacia su auto. Ya era de noche y había una especie de bruma en la calle. Al encender el motor, sintió un impulso que la hizo voltear hacia la ventana del consultorio. Fernanda vio la silueta de la terapeuta de pie, asomada a la ventana, como si la vigilara. No debo ser suspicaz, simplemente ella solo se asomó a ver algo y no a mí.
Fernanda estuvo unos minutos con la mirada perdida en la neblina, es ideal para ambientar el inicio de mi próxima novela. Finalmente, se puso en marcha. Unas cuadras adelante, notó que un auto la seguía. No seas suspicaz, siempre que manejas vienen autos atrás. Eso no quiere decir que alguien te siga.
Salió de la avenida principal hacia una calle secundaria y, por el retrovisor vio que el auto, no solo continuaba atrás, sino que había encendido las luces altas.
Casi cegada por el reflejo, cambió de posición el retrovisor e incrementó la velocidad. Esto ya no es suspicacia. ¡Es un verdadero peligro! La calle estaba casi desierta. No había negocios o lugares iluminado para pedir ayuda. Debo llamar a mi esposo, o directamente a la policía. Metió la mano a su bolsa para buscar el celular, pero estaba tan nerviosa que la bolsa se volteó y las cosas cayeron sobre el tapete.
Su respiración se agitó y le sudaban las manos. ¿Por qué alguien querría seguirme? ¿para secuestrarme? Entonces, recordó a su terapeuta. Ella sabía todos sus secretos. La semana anterior, incluso le había revelado el nuevo escondite del dinero y las joyas. Pero ni creas que voy a guiar a tus rateros hasta mi casa.
Dio un giro intempestivo y tomó una avenida principal. ¿Traigo el gas pimienta?, metió la mano en la guantera. No está. Seguramente el del “valet” de ayer se lo robó.
Claro, ella me dice que no sea suspicaz para que yo no sospeche y no descubra su plan. Tiene sentido, hasta es buena idea para otra novela.
De pronto, todos los autos se detuvieron. Tráfico. Por el espejo alcanzó a ver una figura que avanzó hasta detenerse junto a su puerta. Al voltear, vio a su terapeuta quien le decía en voz alta:
—Dejaste tu cel en el consultorio. Te lo alcancé porque sabía que te ibas a asustar si no lo encontrabas.
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