Rutina | Andrés Pino
Nada más fácil, ni más difícil. Sacar el arma del bolsillo interior del abrigo. Levantar su peso en el aire frío de la noche. Amartillar el gatillo. Apretarla contra una nuca ajena y sentir el retroceso del disparo. Sangre caliente templando el hierro del cañón, salpicando muerte. Caminar seguro. Dejar atrás un charco de vida que se escapa. Alejarse en la oscuridad, sin mirar atrás. Rutina. Nada más fácil, ni más difícil.
Sofía está sentada en el alféizar de la ventana de su habitación. Los pies colgando al vacío. Tiene 15 años. Insoportable Lolita suicida. De vuelta de todo, sin necesidad de nada ni nadie. Ese es su juego.
Levanto la mirada. No le hablo. Empiezo a limpiar los restos de sangre de la pistola. Ella me mira de soslayo, sin apenas apartar los ojos del abismo que la separa de la calle. Da la impresión de estar por encima de todo y de todos. Balancea sus zapatillas a siete pisos de altura. Con gesto distraído, recoge su cuerpo en un ovillo, abrazando sus propias rodillas con infinita ternura.
– Dios mío, como te has puesto hoy…
– A veces pasa.
– Si, sobre todo a ti. Yo no tengo por costumbre llegar a casa salpicada de sangre hasta las cejas. ¿Qué hora es?
– Las tres de la madrugada. Deberías estar en la cama.
– Necesitaba tomar un poco el aire.
– ¿Y no te bastaba con abrir la ventana? No es necesario sentarse con medio cuerpo fuera.
– ¿Te da miedo?
– No, solo digo que no es necesario.
Compruebo que en el arma no queda ni rastro de sangre. La guardo en su funda. Me quito la camisa y empiezo a lavarme. Sofía siente cierto pudor ante mi cuerpo desnudo. Intenta disimularlo.
– Dime, ¿no haces nada poético para rematar tu trabajo?
– ¿A qué te refieres?
– No sé… Dejar un pétalo de rosa bajo la lengua de la víctima o una pieza de un rompecabezas encerrada en su puño antes del rigor mortis.
– ¿No te parece la muerte en sí, suficientemente poética?
– Sabes de sobra que sí.
– Comprenderás, entonces, que no necesita accesorios superfluos.
Sofía, calla. Seco mi cuerpo y me pongo una camiseta limpia. Hoy parece tan triste…
– ¿Tengo que preocuparme? ¿Piensas saltar hoy?
– Todavía no lo sé.
– Quizás deberías consultarlo con la almohada.
– No tengo sueño.
– Como tú prefieras. Pero me gustaría dormir tranquilo; estoy cansado.
– Asesinar es agotador. ¿Verdad?
– Muy gracioso, Sofía. Buenas noches.
Cierro mi ventana. Sé que volveré a abrirla en apenas diez minutos para comprobar que su cuerpo no está en el fondo del callejón, reventado contra el suelo.
Me acuesto. Oigo cómo enciende un cigarrillo. La imagino fumando pausadamente, con la mirada perdida más allá de mi ventana. Los minutos se alargan. El cigarro se consume. Sofía apaga la colilla en el gélido mármol de la ventana. Se pone en pie para entrar de nuevo en su habitación y de un pequeño salto… de un pequeño salto…
Me levanto asustado. Me abalanzo contra la ventana. La abro rápidamente y miro hacia abajo con la certeza de que esta vez lo ha hecho. Abajo, en la calle, solo alcanzo a ver una de sus zapatillas. Busco el resto de su cuerpo, pero no lo encuentro… No lo encuentro… no lo encuentro…
Alzo la vista poco a poco y veo a Sofía todavía en la ventana. Mirando también hacia abajo. El pánico reflejado en su cara. La mano en la boca. Los ojos al borde del llanto.
Le gritaría, pero intento controlarme.
– Lo siento. Lo siento, solo quería meterme dentro y… y la zapatilla… la zapatilla…
– Mierda, Sofía. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué tienes que ser así?
– No… No lo sé… No puedo evitarlo…
Las luces de su casa se encienden. Se oye la voz de su madre. Sofía se quiebra en llanto. Cierro mi ventana. Escucho el horror mezclado con el consuelo, después la calma. Me acuesto. Cierro los ojos. Repito en mi cabeza las imágenes inconexas y los diálogos inconclusos.
¿Puede acaso alguien evitar ser como es? Nada más fácil, ni más difícil. La rutina de ser uno mismo. Día tras día.
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