¡Martillos del mundo, uníos!

Juan de Obeso

Contar la historia de Indalecio Prades (una juventud combativa, una madurez blanda y acomodada —arrogante incluso—, salpicada de casos de corrupción hasta concluir en un final tan trágico como extraño) es contar la historia de la lucha obrera en España: la historia de un sueño idealista que fraguó los espíritus e ideales de un pueblo para después apagarse en silencio. La típica historia de querer y no poder, la eterna historia del peor final para las mejores intenciones.

He de confesar que yo mismo me identifiqué con los ideales de igualdad y fraternidad que defendió Indalecio Prades. Por ello quise escribir su biografía: recopilé todos los artículos y ensayos sobre su persona para reunirlos en un único libro. Investigué su participación en la batalla del Ebro, en 1938, durante los últimos estertores de la Republica, reuní la escasa información sobre sus años de exilio y pude entrevistarme con sus colegas durante su ministerio en el primer gobierno de Felipe González. Respecto de los casos de corrupción de los que fue acusado, he de confesar que es donde más difícil me resultó encontrar información (que nadie crea que ello se debió a mi admiración por él; simplemente, en la mayoría de las acusaciones a Indalecio Prades, las dirigencias permanecían aún abiertas). Fue precisamente para aclarar aquellas acusaciones por lo que quise entrevistarme con él, pero fue imposible. Llevaba años desaparecido. Nadie parecía conocer su paradero actual. Vivía prófugo de la Justicia.

Fue La semana pasada, mientras hojeaba la prensa, cuando me vi sorprendido por el terrible titular: “HALLAN EL CUERPO DE UN ANCIANO QUE LLEVABA VARIOS DÍAS MUERTO EN SU PISO DE LEGANÉS. Fuentes policiales confirman la identidad de Indalecio Prades, antiguo sindicalista”. La sorpresa fue mayúscula, y lo fue aún más cuando continué leyendo sobre la increíble colección del fallecido. Según el periódico, cuando los bomberos, alertados por los vecinos, echaron la puerta abajo, encontraron una extraordinaria colección de más de 14.000 martillos. Nuevos, usados (algunos casi inutilizables), comprados o robados, o quizás recogidos de la basura,  se amontonaban por el pequeño apartamento, llenando estanterías, armarios y cajones con cientos y cientos de estos. Aparte del desorden inherente a poseer una colección tan absurda, el apartamento estaba impoluto. El periódico no parecía tener mayor interés en indagar en la extraña afición del fallecido, y se contentaba con explicarla bajo la perezosa etiqueta de Síndrome de Diógenes, o como el efecto que la persecución policial había provocado al fallecido.

La noticia me impactó, pero lo que me resultó más inquietante fue descubrir que el suceso había ocurrido a escasas dos manzanas de mi casa. Decidí ir a investigar.

Al llegar, descubrí que se trataba de un edificio antiguo, en el que aún se mantenía la costumbre de tener un portero. Se trataba de un hombre viejo, bajito y enclenque que, en cuanto le pregunté qué me podía contar del suceso, sonrió y, mientras miraba hacia un lado y al otro asegurándose de que nadie pudiera oírle, me confesó que, cuando los bomberos habían derrumbado la puerta, él se había colado y había sustraído un papel de la casa del muerto. 

—¿Un papel? ¿Hay algo escrito? 

—Claro que tiene algo escrito ¿Quiere que se lo lea?

 El anciano sacó un amarillento pedazo de papel del bolsillo trasero de su pantalón, se aclaró la garganta y empezó a leer: 

 

¡Martillos del mundo, uníos! ¡Martillos de bola, de carpintero; martillos de guerra, de ebanista, de caramelo; uníos a vuestros hermanos en solidaridad hasta la victoria final, uníos! Desde el origen del hombre, los años de la historia humana brillan al son que habéis marcado: como un martillo usó por primera vez la piedra nuestro antepasado de los tiempos prehistóricos, un martillo fue forjado por los enanos y entregado al dios del trueno en los mitos y las leyendas, un martillo y una hoz fueron el símbolo del imperio de la solidaridad y la hermandad entre las naciones. Martillos del mundo, de los pueblos y de la historia, que desde el origen del mundo habéis construido los países, derrocado a los reyes y doblegado a los gobiernos, no permitáis que os arrebaten vuestro pasado. Yo, desde el vértice de la ola del devenir humano, el presente, así os lo pido. 

Hay una respuesta a una pregunta que para mí se ha mantenido siempre inalterada. ¿Qué mide el progreso del mundo? ¿Qué inspira las revoluciones? ¿Quién defiende al fugitivo? ¡Martillos, martillos y más martillos, esa es mi respuesta!

 

Me quedé petrificado, sin saber qué decir. “Lo más extraño de todo —dijo el portero— es que nunca le oí clavar ni un solo clavo”.