Carlos DK

Maldición

No sabía lo que iba a ocurrir, pero sabía que me había equivocado. Las reglas que siempre había seguido, aquellas normas que durante años me habían protegido y salvado en más de una ocasión, me vinieron a la mente como un reproche por no haber cumplido.

 

Caí al suelo, aturdido, casi paralizado. Más por miedo que por dolor. A mi lado podía ver aquel extraño objeto que brillaba triunfante frente a mi indefensión. Un color fatuo y maldito que podía sentirlo penetrar por mis ojos hasta mi corazón, donde pareció acumularse para luego ir esparciéndose por mi cuerpo con dolorosos espasmos.

 

Sentí que mis huesos se estiraban y encogían, se doblaban, retorcían y se partían. Mis ojos se cegaron en parte por el dolor, en parte por la intensidad de la luz y los cerré. Aguanté como pude, gritando cuando sentí que mi piel se separó de mi carne y mi carne de mis huesos, desfigurándome.

 

Un calor intenso, lacerante y ardiente recorrió mi cuerpo en segundos y al instante siguiente, decenas, cientos, miles de pinchazos como agujas en mi piel, que pareció acoplarse en un último espasmo que me retorció el cuerpo de forma inhumana y me dejó rendido en el suelo.

 

Casi inconsciente, podía escuchar en la lejanía la voz de alguien que me resultaba familiar, aquella voz sonaba desesperada. A mi lado podía seguir sintiendo aquel extraño medallón de oro.

 

Sabía que no era buena idea, siempre habíamos tomado lo que nos había dado la gana con dos reglas muy claras. La primera era robar lo que sabíamos que no era necesario o que pudiera reponer. Y la segunda, no robar ningún metal que tuviera más propiedades que la de ser vendido a un buen precio. Esta segunda regla siempre generaba ciertas dudas, sobre todo, por que no sabías si un objeto podría ser mágico a primera vista, pero esta segunda regla, por defecto, prohibía entrar en casas de gente relacionada con la magia.

 

La voz se hizo más clara, mientras el dolor de mi cuerpo se iba desvaneciendo poco a poco, como un líquido que se evapora. Intenté abrir los ojos, me dolía la vista, pero empecé a reconocer las formas. Aquel maldito medallón de oro, seguía junto a mi, apagado e inerte. Intenté incorporarme cuando unas manos me levantaron del suelo, debía de ser alguien enorme por la facilidad con la que me separó del suelo.

 

—¿Estás bien? Dime que estás bien.

 

Giré la vista para poder ver quién me hablaba. Aquella cara no podía de ser de nadie más. El mismo imbécil que me convenció para hacer este trabajo. Será un trabajo rápido y bien pagado me dijo.

 

—¡Vamos! Tenemos que salir de aquí como sea.

 

Le quise contestar, pero solo pude articular un sonido que más bien podría ser un quejido, un llanto roto, un aullido desesperado.

 

—Al menos parece que sigues vivo. Con algo más de pelo pero no te preocupes, ya buscaré alguna solución.

 

Fue entonces cuando noté algo extraño en su forma de hablar, sus palabras me llegaban nítidas, podía ver su repugnante cara de una forma tan detallada, que podría contar cada poro atravesado por la fea cicatriz que se hizo al saltar por la ventana de aquella torre. La tenía a menos de dos palmos de distancia y a los lados podía ver pelo, un pelo rubio pegado a dos patas felinas que aparecían a mi lado.

 

Grité. Grité con el miedo que da la consciencia de lo ocurrido, de saber que esas patas eran mías. Pero solo un maullido de enfado surgió en la habitación antes de que me metiera en un saco y todo se oscureciera.