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Los hijos de Noelia | Ana Fortuny

Los hijos de Noelia | Ana Fortuny

Cuando conocí a Noelia, la lucidez aún la habitaba. Mi hijo Juan la trajo a casa. Volvió del extranjero convertido en médico y nos dio la sorpresa. La quisimos desde ese día, pero yo más, porque traía alegría a esta casa donde las risas alguna vez habitaron el aire. En los primeros meses, los domingos fueron una fiesta. Venían a verla con regalos y canastas de frutas. «Tus nietos van a ser unos muñequitos», me decían mis amigas. Yo la miraba de reojo y ella me sonreía deseando que vinieran de una vez al mundo. «El primogénito se llamará Juan», me dijo Noelia, «y luego vendrá Cristina».

 

Pasó el tiempo y los hijos no llegaron. «Ten paciencia», la consolaba, «a veces tardan en venir, pero luego llegan de junto». Noelia escondía lágrimas en los cojines de la sala, en las almohadas de su cama y en los hilos del pañuelo. Juan tomó el camino de la sencillez. Se refugió en el trabajo.  Llegaba a medianoche, solo a dormir.

 

Cinco años después, yo admiraba los árboles que se vestían con el color de la sangre. Los veía a través de la ventana, y recuerdo que Noelia llegó corriendo a darme la noticia. «Doña Cristina, llevo quince días de retraso. Creo que…». No la dejé terminar. La abracé. Sentí su corazón, y ella, el mío.  Lloramos, pero esta vez, de alegría.

 

Organicé una salida a la ciudad para ver muebles. Trajimos lana, tejimos frazadas y escarpines. Compramos una pelota, varios chinchines y un muñeco que subía y bajaba los párpados. Juan volvió a llegar a la hora de las comidas.  Noelia no tuvo náuseas, su cuerpo tomaba poco a poco otra forma. Miraba su vientre al despertar, lo tocaba como quien confirma un milagro. A veces creía sentir un impulso bajo la piel, una señal, y entonces sonreía. Otras veces el silencio la atravesaba, y su mano aguardaba una respuesta que no llegaba.

 

Nuestra vida cambió el día que la acompañé al doctor. «Aunque el vientre tiene esta forma, no hay embarazo», nos aseguró. De vuelta a casa no dijimos nada. Ella se encerró en la habitación. El tiempo continuó su curso y algo se moldeaba dentro de Noelia. Sus pechos se abultaron y en su plato ponía comida para tres mujeres . «No sé qué hacer con Noelia», me dijo Juan. «Esto excede los límites». Le aconsejé que la dejara en paz, que le diera su espacio, pensando que se le iba a pasar. La modista confeccionó vestidos de maternidad.

 

Supongo que mi nuera tenía en mente las fechas, porque a los nueve meses dio a luz. «Por favor, Doña Cristina, llame a la comadrona», me gritó. No supe qué hacer y seguí sus órdenes. Se revolvía en la cama. Gritaba, como yo misma había gritado. «Ayúdeme», suplicaba, quitándose la ropa. No encontramos a la comadrona, pero llegó una enfermera, y se instaló al pie de la cama. Noelia gemía y resoplaba, como las mujeres que no han pasado antes por ese dolor. «Ya viene, ya viene. ¡Puje, señora!», le pidió la enfermera. Tanto se esforzó que manchó las sábanas. Los alaridos alertaron a las vecinas, y tocaron a  la puerta. Después de una hora de contracciones y lamentos, se quedó sin fuerzas. «¿Dónde está el niño?», me preguntó. Maruca, que había visto todo desde una esquina, salió del cuarto y regresó con el muñeco envuelto en una sabanita. «Aquí está, seño Noelia, este es su niño», le dijo, y se lo pegó al pecho. La sonrisa de mi nuera me desarmó.

 

Después de Juan vino Cristina, y luego, Carlos Enrique. La última fue Paulina. Habilitamos dos habitaciones, una para los varones y la otra para las niñas. Noelia les dio el pecho a todos. No quiso usar biberones. Los cambia, les da baños de sol y los lleva al parque. A veces les canta canciones de cuna. Juan tiene cada vez más pacientes. Yo me he resignado a cerrarles los párpados por las noches, y a llevar a Noelia de vuelta a su habitación.

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