La ausencia que devuelve

Nerea AguiGar

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Cuando Diana entró en el piso con la llave que llevaba tres meses sin usar, lo primero que vio, a través de la puerta del salón, fue a su ex en el sofá, mirando al frente y sin hacer nada por reconocer que la había oído entrar. Lo segundo fue un recibidor vacío y la ausencia de alguien que acudiera a recibirla. Cerró la puerta despacio. 

―Alicia, estoy aquí ―anunció.

La mujer en el sofá movió la cabeza afirmativamente, sin girarse a mirarla. Tenía las manos apretadas en puños sobre sus rodillas. Diana dudó entre abalanzarse sobre ella a abrazarla o sentarse en silencio a su lado sin hacer nada más; la primera opción provocaría que la otra llorase, pero la segunda le resultaba antinatural. 

Comenzó por entrar al salón. Tras un tiempo sin vivir en aquella casa, la nariz se había desacostumbrado a ese olor que ahora notaba y que nunca le molestó mientras vivía allí. No era insoportable, pero estaba cargado de un mensaje equívoco que pronto se disiparía, a medida que el tiempo y los productos de limpieza acabaran con él. Lo mismo sucedería con la cesta arrinconada al otro extremo de la estancia y las pelotas mordisqueadas. No ocurriría lo mismo con ellas, pensaba Diana, y menos con Alicia, que aún vivía allí y vería de continuo los lugares en los que faltaba algo.

Acabó por sentarse a su lado, a una distancia prudente. Alicia se bamboleó un poco cuando el viejo sofá se hundió bajo el peso de la segunda ocupante, pero continuó en la misma postura, semirrecostada, con la mirada perdida. Diana quería acercarse, ponerle la mano en el hombro o en el brazo, pero no sabía si sería bien recibida y tampoco quería aprovecharse de la ocasión, aunque, de forma quizá egoísta, también necesitaba un abrazo y algo de consuelo. Ella era la que se había ido y, sin embargo, aquella ausencia también le dolía.

―Siento no haber podido venir antes ―murmuró―. ¿Cómo estás?

Alicia se encogió de hombros. Seguía sin mirarla.

―Gracias por avisarme. De verdad. ―Diana siguió intentando romper el silencio―. No tenías que… No estabas obligada a hacerlo. Lo habría entendido. De verdad… Siento no haber podido venir… Me habría gustado… Despedirme, ojalá…

―No podía mantenerle con vida hasta que te diera… 

Alicia cortó de golpe lo que prometía ser algo hiriente, tomó aire y su tono cambió a uno más controlado, algo ronco, no menos frío:

―No podía dejar que siguiera sufriendo mientras te esperaba. Estaba muy mal.

Incapaz de mirarla, Diana apartó los ojos y miró a su alrededor. Una silla tenía tres de sus patas llenas de marcas de dientes. Había una mancha en el parqué que nunca había acabado de irse. Había un bocadillo a medio comer colocado justo en el centro de la mesa, aunque ya nada amenazaba la comida que se dejara al alcance de alguien que pudiera alcanzar cualquier cosa dejada en el borde.

―Gracias por venir. 

El tono de Alicia era muy vulnerable. Diana se puso en guardia. No quería aprovecharse de la situación. 

―Me alegro de que estés aquí. Esto es… ―Alicia tomó aire en varios tragos difíciles. Diana casi sucumbió al deseo de rodearla con sus brazos―. Es muy difícil, Diana. Es… vacío. No hay nadie… De pronto estoy solo yo.

Sí, lo entendía. El piso de Diana también estaba muy vacío. No era fácil, pero había sido decisión suya. A Alicia le había caído todo encima. Parecía algún tipo de castigo, verse unidas de nuevo por aquella repentina ausencia y todos los recuerdos aparejados. Cuando se comprara otra silla, la casa oliera a ambientador y los juguetes desaparecieran, ellas dos seguirían viendo, por el rabillo del ojo, alguien que no estaba ahí. Se girarían de pronto buscándolo. Nadie más lo iba a entender.

Diana se rindió. Agarró los hombros de Alicia y tiró de ella, recostándola contra su pecho y apresándola entre sus brazos. Como había previsto, Alicia recogió las piernas, se agarró a las muñecas de Diana y comenzó a llorar.

―Lo siento. Lo siento mucho. Estoy contigo, cariño, yo estoy aquí. No me voy. Lo siento mucho.