Enajenación

Thelma Moore

Víctor salió de la casa dando un portazo.  Magdalena, con un sabor amargo en la boca, se siguió preparando para ir al trabajo.  En ese momento sonó el timbre.  Por el intercomunicador, escuchó:

─UPS, venimos a entregar un paquete a nombre de María Villanueva.

─¿Está seguro que es para esta dirección, señor?

─Si señorita, usted misma lo puede verificar.

Magdalena, furiosa, bajó a recibir el paquete. Tomó el paquete y lo llevó a la salita de la entrada. Después de acomodarse en el sofá de dos plazas, colocó la caja sobre sus piernas.  Pensativa por un rato, imaginándose lo peor, lo depositó sobre la mesita de pared y se dispuso a salir, pues iba tarde a su trabajo.

A punto de subir al auto, sus pensamientos la hicieron regresarse e ir a esconder la caja debajo de la cama del cuarto de visitas. Tembló al reflexionar en el fracaso de su matrimonio.  Su carácter temperamental y explosivo no le ayudaba a tener ideas claras y los celos, como una marejada, se apoderaron de ella.  

Sacó de nuevo el paquete de debajo de la cama y se lo volvió a poner sobre las piernas decidida a abrirlo: “seguramente Víctor se equivocó e inconscientemente puso la dirección de nosotros con el nombre de su amante, en el regalo que le envió”.  Pero la sola idea de descubrir algo que corroborara sus dudas, le impidió abrir la caja.

Su mente voló al momento emocionante en que se conocieron: cuando lo vio por primera vez, alto, guapo, sonriente, con una dentadura perfecta y el deseo imperioso de conocerlo.

No había más que dos lugares disponibles en el restaurante, así que Víctor se dirigió hacia su mesa para solicitarles, a ella y a su amiga, un lugar.  Deslumbrada, como en las nubes, lo aceptó.  La emoción de sentirlo cerca, su aroma, su personalidad, en fin, todo él, la convencieron de que era amor a primera vista.

Víctor, por su parte, desde un principio le correspondió.  Esa noche les amaneció caminando por las callecitas del lugar.

Ante tal recuerdo, se encontró sonriendo para luego sentir que las lágrimas rodaban imparables por sus mejillas al visualizar el altercado de esa mañana (por sus celos). Sus vidas se habían vuelto tormentosas, él era capitán de aviación y pasaba muchas noches fuera. 

Al principio con la pasión de los primeros meses, ella no lo resintió. Pero después, al experimentar la soledad de sus ausencias, las fue tomando como señales de abandono y empezó a convertir su vida en un infierno, pese a que Víctor le juraba que solo la amaba a ella. 

Volvió a repasar el nombre del destinatario (no lo podía creer), tanto cinismo, tanta desvergüenza.  Ahí estaba frente a ella la prueba de su traición.

Agitó el paquete y escuchó un leve ruido.  Su mente afiebrada imaginaba a Víctor con ella, con la tal María, cenando en un restaurante elegante, bailando al son de una orquesta y, en contraste, ella siempre trabajando y metida en su casa esperándolo.

Ya era mediodía y ella seguía sugestionándose cada vez más.  Además de avisar que no iba a asistir al trabajo, no tomó alimento alguno y si empezó a beber de la primera botella que encontró en el bar.  

“¡Ah!, pero esto no se va a quedar así, no se van a burlar de mi tan fácilmente”.  Impulsiva, tomó el teléfono para llamarlo.  Al otro lado de la línea, la voz agradable de Víctor le contestó:

─Hola Magdalena, ¿Cómo estás?, espero que más tranquila.

Magdalena no daba crédito a los sonidos de trasfondo de la comunicación.  Se oían música de piano y voces.

─Víctor, ¿dónde estás?  ¿Por qué oigo música? 

─Estoy con mi amigo Alfredo tomando una copa en un piano bar.

Magdalena, en el colmo del paroxismo, le colgó.  

Decidió esperarlo despierta, pues sabía que llegaría por la madrugada. Víctor, como siempre, al entrar trató de no hacer ruido.  Magdalena, antes de que el pudiera reaccionar, le dio un golpe en la cabeza con el bat de softbol.  Víctor cayó al suelo y recibió otros golpes más, hasta que murió en medio de un charco de sangre.  

Amaneció y ella permanecía al lado del cadáver como enajenada. Entrada la mañana, oyó el timbre y como robot escuchó por el intercomunicador:

─Señora, ayer vinimos a entregar un paquete por error, el sistema falló y descubrimos que mezcló nombres con direcciones que no correspondían…