En secreto | Iván López
El tren estaba a punto de partir cuando alguien puso una mano en su hombro. Se giró y sintió una punzada de desconcierto al encontrarse con aquel rostro que lo paralizó por un instante.
Detrás de ella estaba José con un sobre en la mano.
- Dice que no quiere dejarlos esperando algo que nunca se va a publicar.
Le entregó la carta y se fue. Al mismo tiempo, el tren en el que viajaba Sofía se perdía en el horizonte.
Llegó a su casa consternada y exhausta, se había apresurado pues no quería abrir el sobre sola, al menos necesitaba la presencia silenciosa pero material de su padre, ese centenario en silla de ruedas que casi solo hablaba lo necesario (y casi todo en náhuatl) y que Sofía intentó entrevistar varias veces sin éxito.
Dentro había una carta, por supuesto que había una carta, Sofía es escritora y obviamente usa la pluma y papel para casi todo.
A Jesusa y su señor padre Ignacio, y a toda la comunidad de Santo Tomás.
Cuando llegué al pueblo lo hice con un único deseo en mente, darles voz a los silenciados e incomprendidos, a esa gente ignorada por la masa, por los de mi tipo. Y ustedes me acogieron como si en verdad pudiera ayudarlos y sacarlos del lodo, me recibieron con brazos y corazón abiertos como si no los hubieran defraudado ya tantas veces. Y tal vez esa hospitalidad genuina y pura terminó por convencerme a mí, volviéndome tan eufórica y optimista que me creí capaz de cambiar las cosas y de consumar un milagro.
Y no quiero culparlos, pero encima después conocí su tierra y el pueblo que forjaron sobre ella, y descubrí su lengua y el ritmo agradable con el que la hablaban. Celebré con ustedes a sus santos y me bendijeron con sus rituales sagrados. Inclusive me dejaron profanar sus templos más importantes, sus cocinas, preciado lugar de donde nace su divino sazón.
No sabían lo incrédula que estaba yo. ¿Cómo pudo su pueblo mantener tan preciosa esencia? Alejada y a salvo de la aglomeración urbana y todo lo que implica, ajena a la homogeneización global que sufrimos todos. Y todavía más, lo que en realidad me partía la cabeza ¿Cómo puede esta gente sofocar el rencor y resentimiento? ¿Cómo apagar ese recelo que deja la traición? Porque yo, viniendo del Distrito y con toda la pinta chilanga que me cargo, fui guarecida como otra paisana más, no les importó que mi gente (que también es su gente, al fin y al cabo, mismo pasaporte) los haya ignorado y pisoteado con frialdad.
Y me enamoré de su tierra. Y con la motivación y el sesgo del amor, escribí como nunca para otorgarles esa voz, esa presencia y ese reconocimiento. Quería que, con mis letras, todo el país los volteara a ver, que salieran de las sombras y la marginación se esfumara de entre sus calles. Que sueños ¿no? Que ingenuidad.
Pero ahora, aparte de estúpida me siento hipócrita. ¿Quién soy yo para escribir y visibilizar a esta tierra tan hermosa a pesar de ser escupida y pisoteada a diario? ¿Qué no fui o soy otra cómplice de sus verdugos, a los que tanto reprocho? ¿Qué no soy otro engranaje más de ese sistema que tanto critico? Me siento una vil usurpadora de la esencia que este pueblo me mostró. Una esencia que me es ajena, como su dolor y sufrimiento que relaté en mis textos. ¿No es hipócrita escribir sobre algo que me es tan ajeno? ¿No es un crimen?
Inmediatamente después quemé todos los artículos y testimonios relacionados con Santo Tomás.
Igual y fallé como periodista, y en consecuencia les fallé a ustedes, acallándolos una vez más. O igual ese artículo suyo, que quería verlo resonar en todo el país, era en realidad un trofeo o medallita dorada que yo me quería colgar. Cualquiera de los dos escenarios es igual de repugnante.
Perdona Jesusa, perdone Don Ignacio.
Jesusa terminó de leer la carta en voz alta.
- Yo no le creo. – Pronunció el viejo exhausto de su padre.
- ¿Pero qué dice, papá? ¿No escuchó la carta? Era Sofía, la muchacha periodista que se acaba de ir, la que quería entrevistarlo para ese gran artículo que iba a ser leído por todo el país.
- Por eso mismo mija, le gustó tanto nuestro pueblo y le pareció tan bello que quiere mantenerlo así. En secreto.
- ¿Usted cree eso?
- Si mija, acuérdese que en secreto todo es un poco más bello.
Últimos relatos







