El tiempo todo lo transforma | Amparo Piñeirua
De pie frente al espejo de mi habitación donde se refleja mi figura completa, puedo ver lo hermosa que soy, alta delgada pelirroja de ojos verdes, me miro y me vuelvo a mirar, sorprendida de lo que veo.
Esta belleza me ha abierto muchas puertas diría todas, el trabajo deseado y novio perfecto, dinero y la posibilidad de hacer lo que me de la gana.
He jugado con los novios, estafado a las compañías en las que trabajé, mí hermosura me ha salvado de mucho. Nunca calculé que la belleza se pierde y el tiempo pasa.
***
Ayer acudí a un desayuno con mis compañeras de primaria, en verdad no se porque me invitaron, siempre me sentí superior en muchos sentidos, era prepotente, grosera, altanera con ellas y con los maestros también.
Esta vez convocaron a la generación completa, han pasado muchos años, yo aun me siento guapa así es que acudí, pensé que todo sería como antes y que, si yo no había conseguido ser feliz, ellas mucho menos.
Yo me había casado tres veces, no había tenido hijos, mi figura era primero, con el tiempo me quedé sola completamente sola, sin amigos sin familia sin trabajo, vivo de lo que logré sacarles a mis maridos y amantes.
Me arreglé, como siempre a la moda con un maquillaje que me hacia verme linda, mi cabello que ya pintaba canas estaba teñido de rojo.
La cita era en el mejor restaurante de la ciudad, llegué puntual a las nueve treinta, me senté en la mesa de las más conocidas.
Me saludaron cordialmente, pero se notaba que ellas seguían viéndose desde que terminamos la prepa, todas conocían las historias de las demás y hablaban, se abrazaban, no les importaban ni sus canas que muchas ya se habían dejado, ni sus arrugas ni sus lonjitas, se veía que lo que mas les interesaba era su amistad y cariño, la mayoría con hijos y nietos, con hermanos y padres a su alrededor que les habían ayudado a superar las marejadas de la vida.
Yo, me sentía sola, la tristeza me envolvió. Mis decisiones no habían sido las mejores, pero aun así la soberbia no me dejó reconocerlo.
Por primera vez envidiaba a mis compañeras, la belleza no lo es todo.
Llegué a mi casa a ver otra vez mi imagen reflejada, ya no era ni la sombra de lo que fui, esta vez al recordar a mis compañeras hasta las vi guapas y con una luz especial que yo no tenía.
Pasaron los años, me seguía mirando en ese espejo, pero el reflejo era devastador y mi soledad se sentía cada vez mas.
Un día me quedé viendo fijamente el espejo, parecía que me invitaba a entrar; una mano salía reflejada y me decía que entrara. Lentamente me acerqué y me metí en ese espejo que había sido mi perdición. Me llevó por pasadizos muy oscuros, hasta que llegué a un cuarto mas iluminado, ahí encontré una llave grande y un baúl pequeño, parecía que lo que tenía que hacer era abrirlo y así lo hice.
Al abrirlo, me encontré cenizas y con ellas estaba escrito mi nombre, entonces todo me quedó claro, no hice nada de mi vida y ahí estoy convertida en cenizas sin nadie a mi alrededor, que me extrañe y me llore.
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