El día que nací de nuevo

Micaela Baio

Son las tres de la tarde y la ceremonia del Bufoun ritual en el que se dice que uno experimenta la propia muerte— está por comenzar. Somos tres grupos sentados de a pares en colchonetas; hablamos despacio, sin levantar la voz, y cada tanto se oye el canto de algún pájaro que proviene del jardín.

El chamán se acerca con la pipa en la mano y comienza la ceremonia. Inhalo el humo blanco como me indicó, bien hondo hasta que me lleno los pulmones. Contengo la respiración todo lo que puedo y, cuando estoy por soltar el aire, me hace señas para que retenga un poco más. Siento que me va a estallar el pecho; me preocupa estar inhalando de más. Aguanto lo que puedo, y finalmente abro la boca para soltar el aire que escapa, creando pequeñas nubes blancas delante de mis ojos.

En cuestión de segundos, con un efecto inmediato como el de la anestesia, me desvanezco. Mi cuerpo se desmaya, y alcanzo a sentir que la orientadora, sentada al lado, me toma en brazos para recostarlo sobre la colchoneta. Esa es la última sensación física que tengo.

Luego, de forma instantánea, pierdo toda la conexión con mi cuerpo. Mi mente se separa, sale disparada como un cometa y explota en millones de partículas que se expanden en el espacio con una rapidez vertiginosa.

Tengo una sola certeza: he muerto en serio.

Lo único en lo que pienso es volver, abrir los ojos, despertar. Entro en pánico, grito, me arrepiento. Imploro deshacer ese maldito instante en el que acepté hacer todo esto. ¡No quiero morir! Tengo tantas cosas por hacer, tanto por decir y tanto por vivir. Quiero volver atrás. ¡Por favor…!

Pero todo es en vano. Nadie me oye ni me ve, nadie me ayuda.

¿Por qué fui tan necia para meterme en esto? Estoy aterrada, perdida en una oscuridad insondable. Pienso en lo duro que va a ser para mi familia. Por favor, que al menos me encuentren. Que al menos descansen en paz con la verdad.

Me sigo esforzando por volver; lo intento con todas mis fuerzas, pero no lo consigo.

Alguna parte de mi ser llora y derrama lágrimas de éter. Estoy disuelta en la misma sustancia del universo, como partículas de energía desplegadas por todo el espacio. Juntarlas todas va a llevar una eternidad. Me siento a la deriva, derrotada ante un universo indiferente.

Quizás ha pasado un año, o tal vez mil años… quién sabe cuánto. Decido soltarlo todo porque ya no hay nada que pueda hacer. Una vez que acepto mi destino, corto ese cordón umbilical que me ata a mi antigua vida.

Para mi sorpresa, no duele.

Cuando lo dejo ir, tengo una revelación: estoy en todas partes y en ninguna a la vez. Me vuelvo el humo que sale de una chimenea y se expande queriendo abrazar el cielo; me vuelvo el agua que fluye por los ríos y que sacia la sed de los valles, de las tierras y de todas las criaturas; caigo como lluvia que lava y arrastra, revive y traspasa; soy una sonrisa, una plegaria, un sueño. Al mismo tiempo me vuelvo una bala perdida en primavera, la piedra y el camino, el barro y la ceniza.

Me transformo de nuevo, y esta vez me acerco al Origen. Siento que estoy volviendo a casa, como una hija hace tiempo extraviada que por fin regresa al hogar. No cruzo el umbral aún, pero ya siento el abrazo de amor que es la esencia fundamental del mundo, el motor que nutre de magia a los universos, la Fuente misma en su estado más puro e infinito. Quiero quedarme allí y volverme eterna.

Pero todavía no es la hora. Falta para eso.

Abro los ojos e inhalo una profunda bocanada de aire como si fuera el primer aliento de un recién nacido. Me encuentro de vuelta en la habitación. La orientadora me mira y tiene una sonrisa de complicidad, porque comprende lo que he vivido.

Me cae una lágrima por la mejilla lentamente, esta vez salada como el mar finito.

“Estoy viva” es lo primero que digo, y los orientadores ríen en voz baja, para no despertar al resto que aún no ha renacido.