Dormir con un dedo infectado

Osbaldo Contreras

Se trataba de un autobús escolar, de color amarillo con franjas negras. Le faltaban el motor, la batería, el tanque de gasolina y todo aquello que antes le había permitido moverse; sin embargo, Elisa lo conducía a buena velocidad por un sinuoso sendero. Los neumáticos habían sido sustituidos por enormes ruedas de madera y de metal de una diligencia del Viejo Oeste, que estaba en exhibición en un museo. Al frente presentaba un poste horizontal, en el cual se encontraban atados cuatro caballos zombis, que tiraban de él. Lo hacían persiguiendo un enorme trozo de carne fresca, de algún animal, que Elisa mantenía colgada delante de ellos.

—¡Nando! ¡¿Ya pudiste tirarlos?! —preguntó Elisa—. ¡Debes hacerlo pronto, no quiero que viajen con nosotros por más tiempo!

—¡Estoy por lanzar al segundo y son tres! —contestó Armando desde la parte trasera del autobús; había abierto la puerta y con un palo golpeaba a dos zombis que se habían agarrado de la defensa trasera. Le costaba que se soltaran.

—¡Apúrate! ¡No debimos acercarnos a la autopista!… ¡No creí que estuviera llena de ellos, ni tan bloqueada por los otros vehículos!

—¡Solo me queda uno! —Siguió golpeando hasta que derribó al tercero, sin darse cuenta de que la mano de uno de ellos se había quedado aferrada a la defensa—. ¡Listo! ¡Vamos solos! —cerró la puerta.

Continuaron avanzando por un par de horas, hasta detenerse en un claro. Así tendrían la oportunidad de observar si algún muerto viviente se acercaba a ellos caminando; eso les permitiría huir de inmediato o volverlo a matar.

Tenían una pequeña hija, de pocos meses. Se llamaba Sonia.

Las modificaciones al vehículo las habían hecho entre Armando y su hermano, aunque este no había podido acompañarlos, porque un zombi lo había mordido y antes de que se convirtiera, Armando había tenido que matarlo. La tragedia fue devastadora. Por mucho tiempo condujeron en busca de otros sobrevivientes, pero sin suerte. Aprendieron a alejarse de las zonas urbanas y de las autopistas. Al buscar alimento, evitaban exponerse más allá de lo necesario. Tenían la esperanza de encontrar un lugar libre de los infectados.

—Amor, ya es muy tarde —comentó Armando—. Acuéstate a descansar con Sonia; dale de comer y duerman. Yo vigilaré el resto de la noche. Y si me canso, te despierto.

—Está bien, Nando. No te vayas a quedar dormido —le dijo mientras le acariciaba la mejilla—. Me despiertas si estamos en peligro; no te arriesgues tú solo.

Al autobús le faltaba la mayoría de los asientos, lo que lo hacía más ligero y espacioso. Armando besó a su esposa e hija; luego de acostarlas, se fue a vigilar desde el asiento del conductor. Lo haría a través de las ventanas. Observó que el cielo nocturno se había despejado y la luz de la Luna iluminaba bien en todas direcciones. Parecía una noche tranquila.

En la madrugada escuchó quejarse a Elisa.

—¡No! ¡Orita no! —rezongó; estaba adormilada—. ¡Déjame dormir, Nando!… Me siento cansada y no tengo ganas… 

—¡¿Qué?! —preguntó en voz baja Armando, desde el asiento del chofer.

—¡No! ¡Ya te dije que no quiero! —gritó Elisa—. ¡Quita la mano de mis tetas!… ¡Así amodorrada no me excito!

Armando estaba intrigado. «Debe estar soñando —pensó—. Y parece que es una pesadilla». Fue sin hacer ruido, aunque el piso del autobús crujía. Las iluminó un poco con la linterna, para observarlas mejor. Sorprendido, se dio cuenta de que una mano putrefacta se metía entre la blusa de ella. Veloz, la arrojó contra el muro. El estruendo despertó a Elisa.

—¡¿Qué fue eso, Nando?! —gritó asustada.

—Estabas hablando dormida, amor. Creí que tenías una pesadilla y vine a tranquilizarte, pero —iluminó hacia el piso en dirección al muro—… tenías esa mano zombi en tu pecho… ¡Y se estaba moviendo!

—¡Qué asco! —Hizo una mueca y de inmediato se revisó la piel del pecho y por donde pudo—. ¡Ilumíname! —le pidió, y juntos buscaron rasguños o alguna lesión.

—No tienes nada, amor —suspiró Armando—. Vuelve a dormir; yo me deshago de la mano.

 

—¡Noooooo! —gritó Elisa.

Armando giró la linterna para iluminar a Sonia. La bebé dormía y chupaba un dedo zombi.