Dante Fors

Cinofobia

“La familia siempre está para ayudarte”. Eso dijo mi mamá cuando me ofreció quedarme en la otrora casa de la abuela después de que me despidieron del trabajo. La propuesta no sonaba mal; ya había tenido tiempo de arrepentirme de haberme mudado a Helsinki con mi entonces novio y, desde mi separación, deseaba volver a Hämeenlinna. Ansiaba poder recurrir a mi madre para cuidar de mi pequeño hijo, y ella adoraría disfrutar de su único nieto. 

La propuesta incluía ayuda con víveres hasta que pudiera emplearme, y a mí me venía excelente dejar de pagar la renta. Lo único que me pedía a cambio era que restaurara la casa y que borrara todo rastro de la estancia de mi tío. 

Él siempre había sido un hombre huraño y hosco con nosotras, pero todo empeoró cuando se apropió de la casa al haber fallecido la abuela.  Esto ocasionó una ruptura definitiva a la ya complicada relación con su hermana y, en consecuencia, conmigo, lo que no se atenuó ni siquiera con su repentina enfermedad. Aun después de su muerte, a mi madre le destilaba el rencor al mencionarlo.

La mudanza fue sencilla; yo no tenía nada más que un poco de ropa mía y de mi bebé. Como  había cumplido su primer año, pude vender muchas de las cosas que necesitaba cuando estaba recién nacido. Nos instalamos en la recámara principal, que seguía tal  como la había dejado mi abuelita. 

Todo parecía indicar que mi tío había confinado su estadía a una sola habitación, la cual estaba cerrada: no lograba encontrar la llave; pero ya tendría mucho tiempo para buscarla. Había mucho por hacer primero: resanar, pintar y arreglar todo aquello que dejan a su paso el frío y la nieve. 

La primera noche llegó y, con esta, unos extraños ruidos. Traté de no darle importancia; después de todo, era normal: no estaba habituada al lugar. Pero, mientras más vueltas le daba, más ilógico me parecía todo. Lo primero fueron unas pisadas; después, unos jadeos y unos fuertes olfateos y, por último, un ligero tintineo, como el de una plaquita. Aunque se repitió invariablemente cada ocaso, logré ignorar mi desconcierto.

Pero, cuando mi hijo comenzó a balbucear algo parecido a “perro”, ya no pude dejarlo pasar. No solamente era eso, sino que lo veía hacer ademanes como si jugara con un animal grande, pero invisible, carcajeándose feliz. Para ese entonces, ya escuchaba los jadeos a cualquier hora del día y había veces en que sentía cómo algo húmedo se aproximaba a mi mano, junto con unas tenues aspiraciones. 

En otra ocasión, al estar acostada, tuve la impresión de que algo pesado se recargaba contra mi… incluso podía notar su respiración. Pero lo peor fue la vez que sentí un bulto aferrarse a mi pierna y restregarse contra ella. Reaccioné dando una fuerte patada, con asco y con miedo.

Histérica, llamé a mi madre y, entre gritos, lágrimas y sollozos, le pregunté si mi abuela o mi tío habían tenido algún perro. “Tu abuela siempre fue alérgica; nunca nos dejó tener mascotas; tu tío… ese viejo enfermo, no debía de tener nada vivo cerca de él”. 

Tomé un martillo y me apresuré a romper la cerradura del cuarto de mi tío. Encontré las ventanas clausuradas y un sutil pero constante hedor. ¿Nadie había estado aquí después de haber hallado el cadáver? ¿Quién había cerrado con llave entonces? Esas y miles de preguntas me asaltaban mientras, con las manos temblorosas, buscaba algo, sin saber exactamente qué, entre las cosas revueltas. 

Creo que rogaba para encontrar una foto, un plato, cualquier prueba de que alguna vez un perro había habitado esa casa. Se agotaban los lugares para buscar y, derrotada, me tumbé de rodillas sobre la alfombra. Con lo último que me quedaba de esperanza, busqué entonces debajo de la cama y encontré este cajón. ¡Aquí está! Un collar con una placa que dice: “Täplä”.

Sentí al fin un poco de paz. Al secarme las lágrimas, dirigí la mirada nuevamente al cajón. El hedor parecía provenir de allí, y continué hurgando hasta que encuentro su origen: un disfraz de peluche, tamaño adulto y una cadena de castigo. Siento pavor y náuseas, me falta el aire… y ahora escucho las risas de mi bebé sentado en su periquera y una voz grave, cavernosa que dice: “¡Guau!”.