La culpa | Noelia Cuadrado
10 de mayo de 1973
Para Marina:
Espero que con el recibo de esta carta te lleguen el cariño y la alegría que siento al escribirla. Imagino tus ojos, radiantes de emoción, embargados por las lágrimas incipientes, como los míos en este momento. Ojalá pudiera verte de nuevo, mirarte mientras te digo todo esto. Pero, solo de pensarlo, me invade de nuevo la culpa.
Estas semanas no han sido fáciles en casa;supongo que para ti tampoco. Me noto presa bajo este techo, ante la constante vigilancia de Julián. Anhelo poder salir al mercado sin que mi suegra me acompañe, sin que ella o mi marido aprueben cada paso que doy. Echo de menos esas tardes en las que la costura era nuestra excusa: una pasión simple, visible ante todos, compartida por muchas de nosotras en el barrio y que nos servía, a ambas, para ocultar otra aún más fuerte. Nunca imaginé sentir algo así; conocer esta parte de mí ha sido revelador, como abrir una puerta a una vida nueva, diferente, una que me llena de amor, aunque también de un enorme sentimiento de culpa.
¿Recuerdas el primer día del taller? Estaba algo nerviosa y te confieso que iba con pocas expectativas de que aquello me gustase; más bien fui obligada por Paca. Cuando me dijo que iban a organizarlo en el centro cultural me reí en su cara: “¡Lo que me faltaba a mí! ¡No tengo tiempo ni para sentarme como para ponerme a coser!”, le espeté. “¡Que sí, mujer! Que pasamos el rato y echamos un parlao’. No todo va a ser quitar mierdas y cocinar…”, me insistió. Le estaré siempre agradecida: por presionarme para acompañarla, por descubrírmelo, por descubrirte, por descubrirme. Esos ratos que pasamos en el taller, hablando, riéndonos, conociéndonos… Esos cosquilleos en mi estómago, esas miradas, esos roces fugaces… y todo lo que le siguió después: bien valen la culpa.
Esta mañana, mientras hacía la comida y las niñas leían, Victoria levantó la vista y me preguntó si me encontraba bien. “¡Pues claro! Como siempre… ¿A qué
viene esa tontería?”, le dije sorprendida; creo que nunca me había preguntado algo así. ¿Acaso es tan obvio? Trato de ocultarlo, al menos, ante sus ojos. Supongo que la edad no juega a mi favor: cada día es más consciente de lo que sucede en casa. A pesar de ello, en cierto modo, agradezco a Julián que aquel día se guardara las voces y los reproches para nuestra intimidad; me alivió que no usara, como de costumbre en cada discusión, a las niñas como espectadoras. No podría sostener sobre mis espaldas que ellas también me echaran la culpa.
Desconozco quién nos delató, quién llevó a mi suegra hasta nuestro rincón, ese que considerábamos imperturbable. Quizás nos fiamos demasiado, debería haber dejado los besos solo para la intimidad del hogar, pero cada día me pesaban más y saltaban a cada momento de mi boca, sin importar la hora ni el lugar. ¿Que si me arrepiento de esto? Pienso mucho en ese momento, sí, pero no: por besarte no siento culpa.
Desde ese día hay demasiada gente que me castiga; a veces solo con silencios, con miradas que duelen más que las palabras. Me culpan por sentir, por dejar de hacerlo. Mas ¿son ellos buenos jueces de esta sentencia? ¿Conocen bien los cargos? Tan siquiera han escuchado a todos los acusados. Llevan una venda en los ojos, aunque, en este caso, no la de la justicia. Yo me pregunto más allá: ¿acaso saben ellos lo que es sentir? Con sus vidas lineales, “correctas”, sin dejarse llevar por nada que les saque de su rebaño. Porque: ¡ay si lo hacen! Sobre ellos recaerá por siempre jamás la culpa.
A mí me pesa, sí. Y sus consecuencias más aún. Pero el placer de amar, las caricias, el deseo, la pasión, la locura de haberme imaginado en otra vida, muy diferente a la que juré ante Dios llevar, bien merecen esta condena. Porque, si pudiera elegir, prefiero ser perra que oveja enseñada bajo la culpa.
Con todo mi amor:
Pilar
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