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¡Cállense! – Amparo Piñeirua

 Salgo del gimnasio mucho mas contento de lo que esperaba, decidí inscribirme por qué había ganado unos Kilitos y por qué mi psicólogo me recomendó socializar.

   Me encontré con todo tipo de personas. Chicas esculturales que se pasaban algunas horas ahí, las gorditas que cumplían su hora y se iban, algunos de la tercera edad para no perder movilidad y agilidad, estaban también los grandulones que tenían músculos hasta en las pestañas, a mí me daban un poco de miedo.

   Cuando entré me sentí cohibido, pero muchos me saludaron y el instructor venía de vez en cuando a darme instrucciones.

   Transcurrieron las semanas y cada día estaba más contento, así que al sentirme tan bien dejé mis medicinas, ya no las necesitaba.

   Al principio todo bien, pero luego como siempre pasa, las malditas voces ya estaban ahí otra vez.

—Tienes razón en tenerle miedo a esos gigantones, vinieron para hacerte daño, lo peor es que no solo a ti, la humanidad esta en peligro

—Pues, aunque quieras no me voy a salir del gimnasio

—No quiero que te salgas, solo quiero que prestes atención para la próxima misión que se asignara

—No quiero misiones quiero paz y cada vez que las escucho lo que menos tengo es paz

 

—Todos los que están ahí están planeando la destrucción del mundo, por esa razón entrenan tanto. Cada uno tiene un objetivo que llevar a cabo, es por esa razón que te mandamos ahí de encubierto

—No, no quiero misiones, no los escuchare mas

—Entonces atente a las consecuencias y avísanos cuando estés listo para la misión que ya se te asignó

—He dicho que no, no estaré listo nunca

   Esa noche empecé a sentir que muchas hormigas subían y bajaban por mis venas, podía verlas a través de mi piel, como cargaban mis células y las llevaban a no se dónde, pero yo me sentía agotado y quería sacarlas de ahí como fuera.

   Me piqué una vena para que salieran de mi cuerpo, pero eran muchas y me desangraba. Me vendé para contener la hemorragia y decidí pinchar una por una con unas pinzas. Fue en ese momento que entró mi madre al baño y lo vio

lleno de sangre, me llevó al hospital y me mantuvieron amarrado para que no me hiciese daño.

   Las voces volvieron 

—Ya ves lo que podemos hacer contigo si no cumples tu misión 

—Esta bien la cumpliré, pero quítenme esto de mi cuerpo 

   Salí del hospital con muchos medicamentos, pero las voces me advirtieron que por ningún motivo me las tomase.

   Esperé una semana para sentirme mejor y fui a cumplir mi misión.

   En el periódico salió en primera plana ¡MASACRE EN EL GIMNASIO! 

   Debí tomarme los medicamentos.

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