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Antípodas | Jesús Cobo

Antípodas | Jesús Cobo

—Un poco más, ya casi estoy — exclamó Adrián mientras pisaba la cabeza de su hermano intentando llegar a la ventana.

Todos los veranos iban de vacaciones con la familia a una pequeña localidad costera y a pesar de tener una casa con piscina, wifi, mesa de ping-pong, y todas las comodidades que un adolescente podría desear, era de obligado cumplimiento unas cuantas visitas a la humilde casa abandonada de su abuelo.

Entre los muchos cachivaches que había en el desván, encontraron uno que les llamó la atención, era un libro con piel de cuero, parecía un diario de abordo. Al abrirlo, cayó al suelo un trozo de papel doblado.

—¿Qué es eso? —preguntó el pequeño Adrián

—Parece un mapa —respondió con curiosidad su hermano Pablo— aunque es un poco raro, hay zonas reconocibles, pero tiene superpuestas otras líneas encima que no dejan ver con claridad, parece una versión diferente de nuestro mundo.

—¡Mirad esto! —exclamó Leo quitándole el mapa de las manos— detrás del mapa hay una inscripción: “si quieres viajar lo más lejos posible de aquí, solo tienes que hacer dos cosas; primero debes mantener contacto físico con este mapa. Segundo; cierra los ojos y repite tres veces la siguiente palabra; SADOPITNA. Muy importante; antes…”

—¡Déjame ver! —gritó Adri mientras tiraba del mapa hacia él.

—¿Qué has hecho? ¡Ya lo has roto! ¡te vas a enterar! ¡ven aquí!

—No, no, no me pillarás —dijo con sorna el pequeño mientras se escabullía por las estrechas escaleras.

Los mayores se quedaron leyendo el diario que hablaba de viajes a lugares paradisiacos y exóticos imposibles de realizar en el pequeño barco pesquero en el que navegaba de su abuelo.

—Seguramente viajaría con su imaginación porque en esa chatarra de barco es imposible llegar tan lejos —susurró Pablo para sí mismo— Bueno, aun así, podemos probar ahora, ¿no?, ¿qué puede pasar?

—Es una tontería, ¡paso! —dijo Leo mientras hacía el amago de bajar las escaleras.

—¿Acaso tienes miedo de un viejo trozo de papel amarillento?

—Veeenga, vaaale cuanto antes mejor que tengo hambre.

Los jóvenes agarraron el mapa con incredulidad, cada uno de un extremo. El tacto era rugoso como el de un pergamino, cerraron los ojos y repitieron la palabra; sadopitna, sadopitna, sadopitna.

¡De repente una esfera luminosa los rodeó, no paraba de girar sobre ellos a gran velocidad…y en un par de segundos, ¡zas! Desaparecieron y la casa quedó en completo silencio.

—Leo, ¿qué ha pasado?, ¿qué ha sido eso? —gritaba desconcertado

—Eeeh, no sé.

—¿Cómo es qué estamos en la playa? ¿Dónde está la casa? ¿Por qué es de día?

—¡No lo sé, no sé nada, deja ya de gritar! Esto no es normal. No sé qué está pasando, pero tenemos que movernos, vamos a buscar a alguien.

Tras recuperarse un poco del shock, empezaron a caminar hacia el interior, dejando el mar a sus espaldas. Cuando llevaban un par de kilómetros, vieron una cabaña al fondo. Se acercaron a toda prisa, con la cabeza en mil cosas a la vez, deseando estar en un mal sueño.

—¡Señor, señor, aquí, ayuda!

Un hombre con uniforme de color caqui se dirigió hacia ellos para ver qué pasaba.

—¡Tranquilos, tranquilos chicos! ¿Se puede saber de dónde habéis salido?

—Pues, estábamos en casa de mi abuelo…y de repente…no sé, aparecimos aquí… ¿puede decirnos dónde estamos?

—Estáis en Coromandel, ¿os habéis perdido?

—¿Coromandel? ¿Qué es eso?

—El parque Coromandel, el parque forestal más espectacular de Nueva Zelanda.

—¡Increíble! estamos en el otro lado del mundo, en las antípodas. ¡Maldito mapa!

Al otro lado del mundo, Adri, el hermano de Pablo iba de vuelta a casa junto con su madre ya que tenía que volver unos días para resolver unos asuntos. Al meter la mano en el bolsillo del pantalón descubrió el trozo de mapa que había roto hacía unas horas. Continuó leyendo la inscripción que había detrás; …de viajar, comprueba las coordenadas del otro lado. Sin hacerle mucho caso, recordó la palabra con facilidad ya que se había dado cuenta de que era antípodas escrito al revés; sadopitna.

Una luz cegadora apareció en el coche y…¡chas! El pequeño Adri entendió rápidamente su destino al verse rodeado de agua en un mar infinito.

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