Amigo, Familia, Casa

Montserrat Elwes

Me sentía cansado. Salí de casa por sacudirme la soledad. Mi reflejo, hombre con abrigo, en los escaparates era la única señal de que seguía existiendo. Pensé que un caldo caliente, penetrando en mi cuerpo, me recompondría. Me senté en la barra del bar, no me consideraba con categoría suficiente como para ocupar una mesa. Y ahí estaba él. 

La piel oscura, intensa, me producía un rechazo al que me obligué a sentir. Despertar los sentidos a su extrañeza me vendría bien. La luz de sus ojos se escapaba, cálida, recorría algunos metros y volvía de regreso a las solapas de su cazadora. Me parecía ajeno a todo lo que me rodeaba y, por eso, recobraba una cercanía que no había encontrado por las calles o entre mis compañeros de trabajo. 

No me atreví a saludar hasta que no levantó su vaso de vino, casi vacío, hacía mí. Hice lo mismo y balbuceé un “buenas…”. “¿Cómo está amigo?”, -dijo-. Y la palabra “amigo” se convirtió en cálida manta donde acurrucarme. Incliné la cabeza, torpe, necio. Entonces él, como si me conociera desde hace años, dijo: “¿Cómo está su familia?”. Y la palabra “familia” me cayó encima como una maleta pesada. Había dicho “familia” y no terminaba de encontrar en mi cajón el significado de esa palabra. “Bien, gracias”, -dije por salir del paso-. Pero empecé a hacer recuento de las personas a las que les unía un lazo familiar conmigo, los lugares dónde estarían y los años que hacía que no sabía de ellos. Pensé que debía preguntar también por su familia y él sonrió. “Están todos bien. En casa. Lejos de aquí, en mi país. Todos bien, gracias a dios”. Dijo: “en casa” y no me pasó desapercibido. Interrumpí el sorbo de vino y me quedé mirándole. “¿En casa?”. Senegal, había dicho, estaba a miles de kilómetros y él hablaba de “casa”, como si fuera el lugar que hubiera dejado dos horas antes. Empecé a comprender que ese hombre hablaba mi idioma, pero se refería a cosas distintas cuando las nombraba. Pedí otra copa de vino. ¿Qué entendía yo por “casa”? ¿el apartamento a pocas calles de ahí, donde dormía cada noche? ¿esa era “mi casa”? El hombre sostenía mi silencio, como si presintiera que sus palabras se habían mezclado con mi caldo, se estaba enfriando y no podía digerirlas. Saqué las llaves del bolsillo y las dejé sobre la barra: “son del lugar donde vivo. ¿es esa mi casa?”. 

  • “Señor, para mí la casa es el lugar de donde vengo y que cuenta quién soy. El lugar donde vivieron y murieron mis abuelos y donde deberían vivir los hijos que yo tenga. Mi casa, señor, es el lugar donde todos están invitados y cada uno puede ser quién es, venga de donde venga. Mi casa no tiene paredes, tiene personas. No tenemos llaves”. 
  • “¿No tenéis llaves? Entonces podrían robaros lo que tengáis.” 
  • “Señor, no tenemos nada que nos puedan robar. Somos pobres. Nuestra riqueza está aquí” y acercó la mano izquierda a su pecho. 

Lo decía con tanta calma que me pareció ver a su madre cocinar tortas de trigo sobre el fuego. Aun así, necesitaba explicar, hablar de lo que significa “casa” en mi país, como si haciéndoselo comprender mi concepto pudiera sostenerse un poco, al menos, un poco. 

  • “Para mí la casa es el lugar donde sentirme seguro, donde sé que mis cosas están a salvo, donde puedo dormir tranquilo, donde…” 

Y, tuve que callarme porque hacía tiempo que no dormía bien, porque no me sentía seguro en ningún sitio, porque empecé a dudar sobre qué cosas quería mantener a salvo. 

El hombre continuó hablando lentamente en mi idioma, en lo que yo creía que era mi idioma, sobre su familia, los hijos de sus hermanas, todas las personas que comen juntas del mismo plato, de la leña que tienen que buscar lejos para cocinar, de cómo las mujeres cargan el agua. Hablaba de todo como si fuera a volver a cenar con ellos esa noche. Mantuve silencio reconociendo todas las oquedades y rincones de las palabras de mi idioma que un hombre de Senegal me mostraba. Cogí las llaves de mi apartamento y dejé el caldo sin terminar. “Adiós amigo”, dijo. Y me di cuenta que no le había preguntado su nombre.