Abdoulie | Danny Déniz
Te rodean varios policías. Portas un cuchillo. Corre. ¡Por ahí no!, pueden pasar coches y atropellarte. Vuelve. Atraviesa a la pasma. Esas pistolas serán de agua, ¿no? Tienes que volver a casa. Han debido de equivocarse: tienes que irte hoy, no la próxima semana. ¿Y si hay un hueco libre para ti en el avión? Aunque sea donde están las maletas (has viajado en medios más peligrosos). «¡Arriba las manos!», te gritan. Las levantas y se lanzan hacia ti. Empujas a un poli y cae al suelo. Agarras bien el cuchillo para defenderte: deseas que sea como el martillo de Thor y te lleve a casa, con tu familia, con tus amigos. Cinco disparos, algunos al aire, uno al cuello. Ves una luz. Tantos años de haber estado estudiando y ayudando para este triste final… Solo querías ir a Gambia…
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Suzete había acabado la carrera y no conseguía ningún contrato de becaria. Decidió preguntar por este anuncio, para poder poner algo de experiencia en su currículum y no dejar ningún lapso de trabajo vacío.
El día de la entrevista fue caótico: no se le ocurrió otra cosa que ir con pantalón blanco para destacar su piel, y comprar un café barato de una máquina rota. El líquido no solo cayó fuera del vaso, sino que fue directo, hirviendo, a su ropa.
—Hola, déjame un leche y leche cuando puedas, por favor, quédate el cambio —le pidió bajito una mujer, mientras seguía atendiendo a alguien por teléfono.
—Creo que la máquina no funciona.
—No me digas eso, que solo dormí tres horas —susurró más alto—. ¡Ay!, tú no eres… ¡Perdóname! Te confundí con la chica de la limpieza: ¿es tu hermana?
—No tengo hermana.
Más tarde vio a una señora más negra que ella, muy sonriente, limpiando el piso y dando los buenos días, hasta a los que pisaban lo fregado. Algo empezaba a hervirle por dentro, y no era el café. No quería ponerse a la defensiva: necesitaba su primera experiencia laboral.
El trabajo consistía en una especie de servicio bufet: había un tablón con acontecimientos; la primera persona que se apuntase a alguno se comprometía a cubrirlo. Había que cumplir un número de palabras en un corto periodo, y demostrar a su vez que se había corroborado la información.
El primer encargo que había aceptado era en el Aeropuerto de Gran Canaria. Había artículos sobre el suceso entre varios agentes y un joven negro. Los policías comunicaron que se habían ajustado al protocolo. Fue hasta allí, a sabiendas de que le iba a doler lo que escuchase. Le costaba creer que eso hubiera pasado en su ciudad natal.
Escuchó a algunos viandantes: «Estaba como ido»; «Ese ya no vuelve atacar a nadie»; «Tienen que acabar con la inmigración»; «Casi le quita la vida a un pobre trabajador que no tenía la culpa»; «Espero que a los policías les den un premio y no los castiguen». No encontró a nadie, ni una sola persona allí presente, preocupada por la única víctima.
En el duelo le contaron que Abdoulie había sido traductor intérprete, además de futbolista en dos equipos de fútbol. Sus amigos estaban tristes e indignados: «Eran cinco contra uno». La trabajadora social le explicó que tenía un problema de salud mental y estaba tratándose.
Suzete publicó la crónica, para intentar suscitar empatía. Comparó este suceso con el de otro hombre —blanco— en la capital de la isla, quien había sacado un cuchillo hacía apenas unos días, y al que lo habían reducido con un disparo en la pierna. La respuesta: cientos de mensajes donde se la acusaba de blanquear el caso. ¿Blanquear, ella?
Consiguió miles de visitas, pero no le regalaron ni un café en la oficina. La llamaron al despacho del jefe de redacción: «Estamos muy contentos con tu trabajo, pero los lectores no están satisfechos contigo; tenemos que prescindir de ti». Esta despedida la alivió más que dolerle.
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