Iñaki Rangil

¡A mí que no me digan!

Me aterra verme el rostro. No es que me dé pavor, que va. Simplemente no me reconozco en él. La paradoja estriba en que, lo que hice, fue para evitar esa eventualidad. Además, tiene bemoles, he conseguido arruinar mi vida, no solo he modificado mi imagen, también ha venido aparejado un gran cambio de mi carácter. ¿Dónde se ha metido esa persona positiva, desbordante de amabilidad y divertida? Todo ese conjunto contribuye a evitar mirarme al espejo o cualquier superficie capaz de reflejar.

Un día, mi mujer va y, como que no quiere la cosa, me comenta que ha notado en mi faz un cambio radical en los últimos meses. Después, la retahíla, que estoy muy abandonado, que no me costaba nada cuidarme un poco, que… En fin, pensé mucho sobre el tema, acabé convencido y opté por agarrar al toro por los cuernos. Ya con aquella disposición, rehecho de la confusión inicial, me vine arriba, el ánimo volvió a su equilibrio anterior.

En mis primeros pasos me atreví a visitar algún que otro centro estético especializado. No se reían, mas su expresión era clara: “¿Dónde vas alma cándida?”. Me sulfuraba ante esa situación, todos se habían unido frente a mí, le daban la razón a la cabronaza de Nerea, la restauración de mi busto requería algo más drástico que las sutilezas de aquellos centros. Vamos, había que pasar por el quirófano obligatoriamente. Ni estaba convencido, ni lo estoy, pero deseaba darle gusto a mi “costillita”.

El primer cirujano plástico que visité no me dio demasiada confianza, pretendía un cambio completo, vamos una intervención de rango muy alto, se me asemejaba al doctor Frankenstein jugando con su creación. Mi mujer parecía reacia a cambiar de profesional, menos mal que accedió a mi deseo. Bueno, así pasamos por unos cuantos. De una forma u otra a mí no me convencía ninguno, a Nerea, en cambio, cada uno le daba mayor confianza que el anterior.

—Si quieres operarte tú, no te justifiques conmigo, hazlo y ya está, a mí déjame tranquilo —le espeté en una de esas.

—No, cariñito, siempre me he cuidado y no me hace falta, por suerte, de otro modo ni lo dudaba —me respondió dejándome sorprendido. 

No esperaba algo así, creía que se trataba de un capricho suyo para aceptar algún retoque suyo justificado tras mi operación. En el fondo, toda la vida creí que, su iniciativa con respecto a mí, iba encaminada hacia una reconstrucción para ella, aunque eso me hizo cuestionar tal criterio. Incluso ya no estaba tan seguro de mí mismo, tal vez estaba equivocado y sí me hacía falta algún pequeño retoque. Acepté que ella dispusiese con el que eligiese. Y así se hizo.

Han pasado unos meses de la intervención, cada vez que me miro al espejo… ¡la madre que la parió! ¡La madre que los parió, a ella y al cabronazo del cirujano! Parezco la hermana gemela de mi mujer. ¡Manda huevos! No solo eso, además me hace ponerme vestidos de los suyos “para que no desentone mi cara con esas ropajas que visto”, me dice muy seria. Así que se me ha agriado el carácter, a todas horas de mal humor, fuera esa alegría que me caracterizaba. Ahora tampoco me gusta salir, ni siquiera me apetece.

—Por fin, ya se te han quitado esas ganas locas que tenías de salir en cualquier momento. Eras un callejero, un juerguista, todos los días venías cocido. No sabía de qué modo amarrarte un poco. Pues mira, me ha salido mejor que bien. Quédate en casa, tal como me tocaba a mí, ahora verás cómo se siente. Porque tenlo claro, la que va a salir ahora soy yo. ¡¿O te crees que voy a aguantarte esa cara de amargado?!