Llamaron a la puerta.
Aguantando la respiración, Gabriel dejó la taza de café sobre la mesa procurando no hacer ruido, mientras observaba cómo la línea de luz del pasillo parpadeaba. Alguien introdujo un papel a través de la rendija y la sombra desapareció. El periodista se levantó, lo cogió y lo estudió con atención: era un sobre marrón y arrugado sin remitente. Lo abrió. Dentro solo había dos palabras: ya vienen. Recogió sus cosas a toda velocidad. Apagó el ordenador portátil y lo guardó en su funda. Metió los recortes de periódicos en una carpeta y lanzó la ropa sin doblar dentro de la mochila. De debajo de la almohada sacó una navaja y una pistola. Se calzó la hoja en la bota y comprobó el cargador de la semiautomática antes de ocultarla bajo la chaqueta. Abrió la ventana y miró hacia abajo calculando la altura que lo separaba del suelo.
Llamaron a la puerta.
—¿Gabriel, estás ahí?
Se detuvo al reconocer la voz de la anciana que vivía en frente.
—¿Podrías ayudarme con la compra, hijo?
Gabriel no contestó y la mujer tocó de nuevo con los nudillos. Por un momento sopesó la opción de advertirla, de decirle que se escondiera. Pero no le quedaba tiempo. Se sentó sobre el alféizar de la ventana y pasó ambas piernas al otro lado. Extendió una mano para aferrarse al árbol que crecía delante y se preparó para saltar. Oyó cómo a la señora se le caía una bolsa y las latas rodaban por el suelo. Después, unos pasos. Un zapato golpeó una lata, que rebotó contra la pared. Un grito ahogado.
—¡Tengan más cuidado, por favor!
Gabriel cogió aire y saltó un segundo antes de que la puerta se abriera. Descendió a una rama más baja y desde allí se dejó caer al suelo. Se raspó las manos y se hizo daño en la rodilla, pero se levantó apretando los dientes y empezó a correr. Debía alcanzar la calle principal si quería tener alguna posibilidad.
Era consciente de que lo perseguían. Los pasos apenas rozaban el suelo y veía una sombra negra que se acercaba, en la periferia de su campo de visión. Atravesó el jardín, saltó un banco y cruzó la puerta del residencial. Se agarró a la verja metálica y se dio impulso para girar en seco. Por delante, la calle secundaria que ascendía hasta la avenida estaba desierta. Pudo ver los coches y oír el tráfico, a lo lejos. Demasiado lejos.
Supo que no conseguiría llegar, así que sacó la pistola y se dio la vuelta. Su perseguidor caminaba hacia él con lentitud y gesto inexpresivo. Sin mediar palabra, Gabriel disparó. El hombre se agachó para esquivar el proyectil y continuó sin detenerse. Disparó por segunda vez.
Pero no sirvió de nada. No porque fallara, sino porque el impacto de bala en el hombro de su adversario ni detuvo su avance ni alteró su expresión. Le rodeó el cuello con una mano férrea y el periodista boqueó inútilmente. Las fuerzas y el oxígeno lo abandonaron al mismo tiempo. El arma se le escurrió entre los dedos. El dolor y la falta de aire emborronaron la imagen de su enemigo. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue el símbolo que tenía tatuado en la muñeca: dos ramas abrazando un círculo vacío.
Gabriel se despertó, horas después, tirado en un colchón sucio. Sólo se oía un goteo intermitente. En la densa penumbra que lo rodeaba solo distinguió paredes desnudas y una puerta cerrada. No estaba encadenado. No hacía falta. Llamaron a la puerta.






