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Un pétalo en descenso | Verónica Sancho

Nos pidió que nos sentásemos alrededor de la mesa. Era el veintiséis de noviembre de mil novecientos noventa y siete, su cincuenta y cuatro cumpleaños, pero el día no esbozaba nada festivo. El telediario, de fondo,  nos aburría con un discurso insulso de Aznar, mi hermana rebuznaba que quería salchichas para la cena y mi cabeza huía en busca del recuerdo del beso de mi entonces novio. Mamá se levantó para apagar la televisión. A su regreso, papá solo dijo:

“Me he quedado en el paro obrero” 

Desempleado. Cesante. Parado. Desocupado. Inactivo. Repudiado. Despedido.

Él no utilizó ninguna de estas palabras. 

El paro obrero, eso dijo, soltó el pleonasmo; como si hubiese otro tipo de paro, como si el desempleo no fuese más que obrero. 

Después lloró. 

Papá llorando fue la ternura de un anciano comiendo un bollo, el desasosiego de un surfista que ve morir las olas sin haberlas galopado, el calambrazo que derriba a un atleta que está a punto de ganar la carrera.

Tenía cincuenta y cuatro años y ya no lo necesitaban más. Treinta y tres años trabajando para la misma empresa, la vida de Cristo traducida en vida laboral. Y ya no lo necesitaban. Pues claro que lloró. Y, a diferencia de Cristo, él no resucitaría. 

Cada una de sus lágrimas voló invisible para invadir el hueco entre mi pecho y mis alas y juntas me inundaron de ternura y de cariño por el hombre que lloraba y vencía así la dureza de una educación que fustigaba a los hombres que lo hacían. ¡Cómo lo amé en ese momento!

 Y no lo abracé, no supe qué decir ante unos ojos como ventanas a la lluvia que suplicaban una respuesta que le reconfortase. Mamá, siempre mamá, la salvadora: besó sus labios: “No te preocupes, Alberto, saldremos adelante” Sacó una tarta que tenía preparada y durante unos minutos conseguimos impostar que nada ocurría y le cantamos el cumpleaños feliz.

Él calló.

Él cayó.

Las caídas más impactantes las protagonizan los que se rompen de golpe, como un vidrio contra el suelo, algo estridente, recargado, barroco.

Lo de papá fue diferente. Fue un pétalo que asume la gravedad despacio, desvalido ante los deseos del viento, casi elegante, melodioso, pero que se va desconchando igualmente en su descenso.

Al principio se llenó de energía, pero su optimismo se minimizaba con cada rechazo de las empresas, querían gente más joven. “Hay demasiados soldadores”, se compungía.

 Mamá aceptó un empleo a jornada completa como cocinera, su salario era bastante irrisorio y, en algunas ocasiones, la vi coger algún litro de leche de casa de mis abuelos y agradecérselo a mi abuela María, que le metía otro litro en la bolsa. Siempre trataba de que papá no se enterase. Eso sí, jamás pasamos hambre.

Cuando pienso en él, creo que no le sentó bien la inversión de roles en el matrimonio y sentirse incompetente. Nunca más le vi llorar, pero se instaló en sus ojos una pátina mate de desesperanza. Y encontró refugio en el bar. Demasiado tiempo libre, demasiada frustración ¡qué sé yo! La cuestión es que no fuimos suficiente, ganó la batalla el demonio etílico envasado en vidrio con etiqueta de denominación de origen. Y no supimos ayudarle. En unos años se marchitó y se hizo pequeño. Y en su pequeñez empezó a ser un hombre despótico e irascible. 

Las primeras molestias en el estómago nos hicieron creer que su malestar era por el consumo de alcohol, la certeza de las pruebas médicas nos mostró que tenía cáncer de estómago con metástasis. Murió a los cuatro meses. Tenía cincuenta y nueve años. Al final de su vida, los últimos instantes, como si presintiese su propia marcha irrevocable, despertó de la sedación paliativa y, entre dolores físicos infernales, logró articular un: “perdonadme, os quiero”. Su voz, de lino y algodón de azúcar en ese momento, nos hizo olvidar los años malos. La muerte, piadosa, postergó durante unos segundos su trabajo para que él recibiese sus: “te amo, cielo”, “te amamos, papá”. El mate de sus ojos cedió el paso al brillo de las personas que mueren en paz.

El paro obrero. Eso dijo. 

Y lloró.

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