La campanilla sonó al abrir la puerta. Dentro del establecimiento olía a café y
canela. Tras la barra casi vacía, la máquina que calentaba la leche silbaba. Las mesas
rodeaban la plataforma del piano. Me senté en un taburete y la camarera se acercó a
mí.
—¿Lo de siempre, Carla?
Le dije que sí. Puse el maletín a los pies del asiento y me eché el pelo hacia atrás.
Cerré los ojos durante unos segundos para intentar desconectar del estrés del
trabajo. Dejé a un lado las incidencias, el interminable “backlog” y el timbre de voz
de mi jefe, que se agudizaba cuando se ponía nervioso.
—Aquí tienes.
El moca parecía de anuncio. Taza de porcelana, espuma cremosa espolvoreada con
cacao en polvo y un corazón perfectamente dibujado.
—Gracias. ¿Dónde está Phillip? ¿No ha venido hoy?
—Sí, es que ha ido al baño un momento.
Unos minutos más tarde, Phillip subió a la plataforma y se sentó frente al piano. Lo
observé acariciar las teclas bajo la luz fría del local. Solía recogerse el pelo, pero esa
tarde lo tenía suelto. También me fijé en que llevaba gafas. Era la primera vez que lo
veía con ellas y pensé que le favorecían. Levantó la cabeza y miró a los espectadores
durante unos segundos. Nuestras miradas se encontraron fugazmente y yo le sonreí
con timidez.
Cuando empezó a tocar, el mundo a mi alrededor dejó de existir. La música me
atrapó en una melodía impregnada de melancolía e incertidumbre, con un
contrapunto de tensión oscura. Parecía que algo estuviera a punto de suceder. Las
notas cabalgaban bajo los dedos del pianista, dirigiéndose hacia un precipicio
inevitable. Yo me imaginaba siguiéndolas hasta el borde, sin saber si al llegar allí se
detendrían.
Al terminar, el público estalló en aplausos. Yo me bebí el café sin prisa, disfrutando
del momento. Phillip tocó dos piezas más y después se levantó. Se inclinó para
recibir los vítores y se acercó a la barra para pedir un vaso de agua.
—¿No quieres nada más? —le preguntó la camarera.
—No, hoy no. Gracias.
—¿Y mañana?
La pregunta se me escapó sin querer. Phillip parecía tan sorprendido como yo por mi
atrevimiento. Me mordí la lengua al notar el calor de la vergüenza en mis mejillas.
Como él no me contestó, me vi obligada a seguir poniéndome en evidencia.
—Lo que quería decir es que si quieres mañana puedo invitarte a un café, o a
cualquier otra cosa. Solo si te apetece.
Él me miró con aquellos ojos suyos, grises como el hielo, y permaneció en silencio
durante tanto rato que estuve a punto de dejar las monedas en la mesa y salir
corriendo. Pero una sonrisa acabó llegando a su boca, iluminando su cara.
—Claro, me encantaría.
Intenté no demostrar mi emoción. Pagué el moca antes de delatarme, cogí el maletín
y salí de la cafetería. En la puerta le dije adiós con la mano, aunque él no me vio.
Había empezado a tocar otra vez.
A la tarde del día siguiente, a la misma hora, la campanilla de la puerta sonó de
nuevo. Olía a café y canela. Entré, me senté en la barra, dejé el maletín en el suelo y
miré el piano vacío. Esperé a que la camarera terminara de secar unos vasos.
—¿Y Phillip?
La chica apretó los labios y me miró de forma extraña. En vez de contestarme,
señaló la puerta de personal que había junto al otro extremo de la barra. Allí había
un policía hablando con el encargado del local.
—Quieren hablar contigo.
El encargado me llamó y el agente, tras presentarse, me preguntó si había quedado
con Phillip esa tarde. Quiso saber desde cuándo frecuentaba la cafetería, si conocía
bien a Phillip o si había notado algo raro en él la noche anterior. Cada pregunta me
gustaba menos que la anterior. Miré el piano otra vez. Me pasé una mano por la
frente al sentir un leve mareo.
—¡Por favor, dígame qué le ha pasado! ¿Está bien?
—Lamento mucho decirle que Phillip Kohler se ha suicidado, señorita.
—No, tiene que ser un error.
El hombre negó con un gesto.
—Lo siento.
El piano seguía vacío.
—Pero es imposible. Habíamos quedado hoy.






