Lancero | Graciela Figueroa
La expectación era palpable. Todo estaba listo para el gran espectáculo. La gente gritaba con entusiasmo, creando un sonido ensordecedor que parecía sacudir el lugar. De repente, la voz del anunciador resonó en el micrófono. “¡Ahora, tenemos a Lancero!”. Se abrieron las puertas de par en par, y yo salí con un ímpetu arrollador, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Di una vuelta mostrando mi bravura, sintiendo el sol en todo mi cuerpo, y el rugido de la multitud en mis oídos. De pronto, vislumbré a un hombre vestido con un traje muy ajustado, lo llamaban “torero”. Estaba parado con una gracia y confianza que me pareció desafiante. Sus pies se movían con un ritmo constante, como si estuviera bailando, y al mismo tiempo agitaba un capote en forma provocativa.
Me paré en seco mirándolo fijamente, y luego me lancé hacia él con un impulso feroz. Cada vez que yo embestía, la gente gritaba al unísono “¡olé, olé!”. El sonido de sus voces era como un oleaje que me envolvía. Él me provocaba y yo respondía con coraje. La batalla había comenzado.
Luego, de la misma puerta por donde yo salí al ruedo, apareció otro hombre con un palo largo llamado “puya”, montado sobre un caballo con protección. Empezó adarme piquetes en mi cuerpo con su puntiagudo objeto. Yo me encolerizaba y arremetía contra ellos. No sabía por qué me quería lastimar si yo no le había hecho nada. Después salieron otros hombres con unos palos cortos muy adornados y filosos, los llamaban banderillas, corrían y me los enterraban en el lomo. Tampoco sabía por qué lo hacían. Yo quería arrastrarlos por todo el ruedo y luego lanzarlos al aire para que se estrellaran contra el suelo.
Había escuchado que el ruedo era un lugar de paso hacia la muerte. Pero al mismo tiempo sabía que había una posibilidad de escapar del destino fatal. Si yo demostraba suficiente bravura y daba un buen espectáculo, la gente sacaría sus pañuelos blancos y gritaría “¡indulto, indulto!, un clamor que significaba vida.
Después de una larga y agotadora lucha; los pañuelos blancos ondearon en el aire, y los gritos de la multitud se escucharon pidiendo el indulto. Mi corazón que había latido con furia durante la pelea, ahora palpitaba con ritmo diferente, un ritmo de triunfo y alegría. Había logrado lo imposible, había conquistado la vida en un lugar donde la muerte parecía segura.
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