La estatura también cuenta

Iñaki Rangil

No todo el mundo puede alardear de ello, mi situación es privilegiada. Lo sé y me enorgullece. No os podéis imaginar la cantidad de gente de la que he sido confidente. Tampoco es por alabarme, pero hace mucho que perdí la cuenta de cuantos retratos me han hecho. Salgo majestuoso, vaya pose, menuda figura. Aunque he cumplido treinta años, soy conocido durante los últimos veinticinco, pero desde el primer día estoy considerado como un cachorro. ¿Para qué es importante saber mi edad? Aparentemente no tendría trascendencia de no ser por dimensionar los sucesos de los que he sido testigo.

En una ocasión tuve un desagradable encontronazo con unos malhechores. Sembraron el caos por unas horas, todavía apenas me situaba en el lugar. Lo pasé mal. Llegué a pensar que no duraría demasiado en mi sitio. Menos mal que, junto a un paquete sospechoso por el que acordonaron la zona el año pasado, fueron incidentes aislados. 

En otro momento, pude observar a una parejita de jovencitos ocultándose de la multitud para hacerse sus arrumacos junto a mí, llegué a experimentar como en la piel de un verdadero voyeur. Esa sensación que percibía en sus rostros me hizo sentir envidia, no de esa insana, más bien todo lo contrario. Este suceso se ha repetido mucho ante mis ojos, con distintos personajes, claro.

Os puedo confesar algo. No entiendo qué dicen muchas personas cuando se acercan a mí, hablan raro. Aguanto estoico, sin ruborizarme por ello. Los colores solo me salen cuando me cambian los ropajes, hasta tal punto que las últimas veces, tras mi queja formal, me cubren hasta terminar. Me hacían sentir del mismo modo que si me cambiase el bañador en la playa sin toalla. No es que sea vergonzoso en extremo, pero uno tiene cierto pudor.

Por el contrario, cuando llueve o me duchan, eso lo disfruto de verdad, se me hace corto. El frescor, que se esparce a través de mi cuerpo, resulta una fiesta para mi frondosa piel. Les pongo morritos para dilatar el momento, pero no se dan por aludidos, por lo general, concluyen y se van. Hasta la próxima.

Sin ánimo de competir, no vayáis a pensar que soy un ególatra, se acercan a mí muchas estrellas que no están en el firmamento y son ellas las que me usan para embellecer sus recuerdos. Rememoro el caso de aquel director de cine pequeñito, se entretuvo conmigo un buen rato, parecíamos dos camaradas más. Aquella chica rubia, muy mona, que salía en la gran pantalla con cierta frecuencia… sí, hombre, esa que se casó con otro muy famoso que acostumbraba dar martillazos a diestro y siniestro. Pues esa quiso secuestrarme, con mi beneplácito, para llevarme a las antípodas para jugar con sus hijos. Tal como me dijo reservaba para mí un espacio preferente en su hacienda, un lugar privilegiado en la isla.

¡Cuántos actos importantes se han dado a mis pies! No porque sea yo, ni por asombro, han sido más las circunstancias que han provocado esas casualidades, además del entorno como principal reclamo, claro está. 

Y ya entre nosotros, hay unos cuantos personajes, no los considero tan distinguidos como ellos creen, que han querido aprovechar el tirón mediático para salir junto a mí en los rotativos. Entonces suelo aprovechar a mirar para otro sitio, que no sea mi mejor perfil quien adorne el papel. Otra parte de mi anatomía les presentaría de mi agrado, pero mi educación no me lo permite.

A lo que os he relatado, solo le veo un “pero”. Todo el mundo, sí, de manera absoluta, ensalza mi choza, sin embargo, nunca la he visto por dentro. La de veces que he oído eso de: “¡Vaya chabola le han puesto a Puppy!”. Eso me duele, no sabéis de qué forma, más que cuando me pica y no puedo rascarme. No sé si cabría la posibilidad de considerarlo maltrato animal. No soy un perro cualquiera por mucho West Highland White Terrier de raza que sea. Digo que mi gran tamaño debería tener un peso, ¿no?