Gorka

Carmen Pérez

En cuanto recibió la llamada de su hermano un mal presagio se instaló en su pensamiento. Asun se vistió corriendo mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo. Metió de mala manera algo de ropa y una muda en una mochila, recogió su rebelde melena en una coleta desgreñada, cerró la puerta de su casa y partió hacia la de su hermano.
Mientras conducía iba dándole vueltas a la cabeza a lo que le había dicho por teléfono: Vente rápido Asun, Gorka se ha encerrado en su cuarto y ni puedo entrar ni me escucha aunque aporree la puerta, ven antes de que no pueda controlarme y tire la puerta abajo.
Sabía que su hermano era muy capaz de tumbar la puerta y, si no llegaba a tiempo, quizá de partirle la cabeza a su propio hijo. Ella conocía bien ese carácter de “hombre del norte” como decía su padre, en tono orgulloso; menudo orgullo: hombre seco, machista, misógino, homófobo y violento, ese era el carácter que le había dejado en herencia a su hermano. Por eso temblaba por dentro, con ese miedo de su infancia, ese de tantas noches escondida bajo su cama, esperando a que pasase la tormenta en la habitación de sus padres.
−Tranquilízate Iñaki, ya estoy aquí ¿se puede saber qué ha pasado?
−No lo sé, no sé qué mosca le ha picado. Estaba terminando de desayunar y le he dicho que no se echase más cereales, que hoy tiene el pesaje para el campeonato de mañana y no puede pasarse, ya lo sabe él, y de repente se ha levantado de un salto, de un golpe ha tirado el tazón sobre la mesa y ha ido corriendo a encerrarse en su cuarto. Y ahí sigue, o le sacas tú por las buenas o tendré que hacerlo yo por las malas. Tanta terapia y tanta leche, esto se arregla con un par de hostias…
−Vale, vale. –Asun levantó las manos y sujetándole le dijo: −Quédate en la cocina, si sabe que estás conmigo no querrá hablar, tómate una tila o algo, ¿te quedan pastillas de las que te recetaron cuando murió Arantxa?
−No, ya hace varias semanas que no necesito tomar nada; mejor me daré una vuelta a la manzana y cuando vuelva quiero que esté preparado ¿me oyes? tenemos que estar en Madrid a tiempo para el pesaje y tenemos muchos kilómetros por delante. –Y salió pegando un portazo bien fuerte, al estilo de la herencia familiar.
Asun sabía que tenía que darse prisa, la vuelta a la manzana podría implicar parada en la tasca de turno, el pacharán mañanero sólo podría complicar aún más las cosas.
−Gorka cariño abre la puerta, el aita se ha ido, estamos solos, ábreme por favor.
Y la puerta se abrió dejando a la vista a un chaval de quince años que la miraba como si tuviera sesenta, con los ojos tristes, sin brillo, ni siquiera el de las lágrimas que empezaban a brotar.
Su tía le dio un abrazo y le meció mientras le sentaba en la cama –Calma mi niño, todo se arreglará, cuéntame que te pasa, tenemos poco tiempo tienes que prepararte para ir a Madrid.
−No pienso ir tía, no voy a presentarme al campeonato, ni a ese ni a ninguno más, dejo la halterofilia para siempre. –Se lo dijo sereno, frío, con un convencimiento tal que ella supo que
no había vuelta atrás, y también supo lo que eso iba a acarrear. Los nubarrones se iban poniendo cada vez más oscuros sobre sus cabezas.
−Entiendo que no le has dicho nada al aita, pero quizá ahora no sea el momento cariño, sabes que vas el primero en la clasificación, todo el trabajo y el esfuerzo que has dedicado no habrá servido para nada. Si mañana ganas te podrás retirar con todos los honores, el aita no podrá echarte nada en cara y además estará contento, más receptivo quizá, no sé…
−No tía, lo tengo decidido. Eso mismo me dijo mi madre en el último campeonato, que no le fuese a dar el disgusto al aita. Y lo hice por ella, porque sabía que ese disgusto lo pagaría ella; como siempre que se enfadaba, aunque fuera conmigo, siempre era ella la que tenía que aguantar unos golpes y unos gritos que eran para mí. No tía, no, ahora ella no está y si quiere pegarme, pues que me pegue. Yo también tengo fuerza y le puedo devolver el golpe. Pero no voy a competir más. No soporto la presión. Me gusta ir al gimnasio, estar con los colegas, entrenar me relaja, pero cuando hay que competir se me cierran las tripas; porque se que él me está mirando, que está pendiente de cualquier fallo. Y aunque lo haga perfecto, él siempre tiene que decirme algo, nunca está satisfecho aunque me suba al podio. No puedo más. Se acabó.
Entonces Asun lo tuvo claro y con la misma determinación que su sobrino, le miró a los ojos y le dijo: −De acuerdo, coge tus cosas que nos vamos, venga corre.
Y se montaron en el coche rumbo al sur, en busca de un clima menos tormentoso.